jueves, agosto 31, 2006

Mejor de vaca que de Kansas

Mi primer día de colegio pasó sin que el flojo grifo de mi lacrimal dejara escapar ni una sola lágrima lastimera. El recuerdo de los días pasados en la más indolente inopia se mantiene fresco y peremne afirmado en el interior profundo de mi alma despistada, sin que la inminente arribada al reino de las oscuras tardes arañe su frágil corteza de niebla.

Allí estaban todos, Carlos, el primero en llegar, siempre suave en el trato, Patri, morena y rebosante de risueña energía; Ana que ya llevaba dos días trabajando, Elenita, ligera y delgada, con la sonrisa inalterable tras su vuelta de San Francisco; Mari Paz, tranquila y flemática, sin mucho color dorado sobre la piel; Mateu, largo, blanco marfil y con su paso impetuoso; Pepe moreno, con barba cana de publicista madrileño.

Anoche tal vez acusé el choque emocional que para mi supone cambiar de estado, una combustión de caracter químico que asola el territorio poblado de células nerviosas, destruyendo implacable en una explosión nuclear cataclísmica las paredes de mi corazón debilitado por el paso de los años. Experimento el desasosiego de la partida, morir un poco como dice el Van Veen de Nabokov, para el que morir es partir un poco demasiado.

Pero esta vez la despedida esta revestida de un tono brillante, malva, fucsia, verde ácido, amarillo limón; no hay colores grises en el espectro, ni pastel, ni ocre, ni pardo. Es una falsa retirada, un engaño visual, un magnífico truco de prestidigitador con chistera, una estratagema fantástica que encandila al público mostrando un paisaje distinto, un bosque encantado, un septiembre recogido con las ventanas cerradas donde la vitalidad soberbia de la luz mediterranea golpea el plástico de las persianas corridas. Cuando todo el teatro se marcha en silencio hacia sus casas con la función acabada y el telón rojo encapotando el escenario solitario, aparezco yo entre bambalinas como un Fantasma de la Opera, encendiendo luces y desplegando decorados radiantes sobre la madera tembrorosa de mi conciencia lúcida, juguetona y divertida.

No he vuelto, es que no me he marchado. Seguimos de fiesta.

He llegado a Benicassim sobre las cuatro de la tarde para reencontrarme a Dixie en el sofá fisgoneando provocadoramente la página web de Ikea. Que si un sofá, que si una estantería. Que si una cosa lleva a la otra. Le cuento que Patri tiene el mismo modelo de modular que nosotros queremos. Y miramos de reojo la librería con las baldas marrón de chapado imitación cerezo. Como lo que tiene Conchín en su comedor.

Y tras un par de miradas cómplices, martillo, destornillador y ganas. En menos que canta un gallo hemos reventado el mueble. Cero. A un montón irregular de pedazos de aglomerado con tornillos de varios tamaños y formas ha quedado reducida la flamante construcción clásica, buque insignia del antiguo salón. Ahora queda lo más duro. Deshacerse de los restos que tenemos plantados en el recibidor del apartamento que parece la carpintería de mi tío Pepe el Vaporet.

También anduvimos revoloteando como buitres leonados oteando desde las alturas en los mallos escarpados de nuestro sofá cama disfrazado de comic de la Marvel, las rutilantes y voluptuosas siluetas de los divanes emergiendo con sobrada magnificencia entre las páginas pecaminosas de la web de El Corte Inglés. Que no, que sí, que ya veremos, que a cagar a la vía, que ya pagaremos la hipoteca ejerciendo de mamporreros en una tenebrosa calle de Castellón, o si hace falta nos metemos en el Caminàs.

–¿Te gusta este blanco hielo de cuero de Kansas?
–Lo pondremos perdido a los dos días con los pies negros.
–Por eso, si es de piel le pasamos un trapo húmedo y se va la roña.
–Pero este modelo de vacuno no sé si da la medida para tumbarme a lo largo y dormir la siesta.
–Dos metros mide el de tres plazas Xavito.
–Ostia! pero vale mil euros menos un euro. Fregaremos suelos con la lengua.

Ella hizo el pedido online al centro comercial sin que el pulso le temblara lo más mínimo. Las compras y los asuntos virtuales no guardan ningún secreto para Verito La Maga del interné. En un subir y bajar de párpado lacerante tenía efectuada la transacción. A las ocho de la tarde, cuando estábamos bañándonos en la cala intentando estrenar las gafas y el tubo de esnorkel para escudriñar los peces atrevidos, le comenté que ya vería la sorpresa del canapé. Ella eligió el modelo ante mi apoyo incondicional a la decisión inapelable de compra.

–El de vaca, porque el de Kansas tiene poros.
–¡Ah!

martes, agosto 29, 2006

Baicicol, baicicol li lo li looooo

Los paseos en bicicleta nos ponen a tono.Venimos de hacer toda la bici senda de Benicassim y hasta subimos más rápido las escaleras.

El paseo es un estudio social de la ostia, mientras pedaleamos hacemos exámenes psicológicos a todos los que nos parecen personajes de historieta. Hoy, por ejemplo, mientras pasábamos por la zona top-manta, estaban mis debilidades, los negros, que hagan lo que hagan me parecen artísticos totales. Movida de dedo de un blanco, es un chasquido repugnante llamando a alguien para no chistarle. Movida de dedo de un negro es un gesto de mimo imitando a un molino de viento. Lo sé, son mi debilidad. Pero hoy, me llevé una sorpresa, estaba mirando a una negra cubierta con telas de colores tierra, con un turbante a juego, unas trencitas milimétricas en el flequillo y la mano sobre su pancita de cinco meses de gestación aproximadamente. Mi cabeza comenzó a rodar una película de Africa y su carencias. Cuando desperté, la chica estaba levantando una de las capas de su vestido, y la panza de cinco meses se transformó en una riñonera con billetes de varios colores. A veces me siento Doña Inocencia.

Esta es una de las tantas situaciones que se nos presentan mientras movemos las piernas armónicamente y viendo como nos pasan todos los ciclistas y patinadores de Castellón.

El polaco y la cubana con sendas bicicletas de paseo, cayendo la noche marítima donde ya solo se ve la luna y venus encima ofreciendole un poco más de brillo. Con un poco de dificultad encendimos las luces, Xavito quería desenroscar toda la dinamo y al final con un clic se resolvía la cosa, supongo que se imaginarán quién lo resolvió. Buscaba un botón en el manubrio, no sé, algo raro se temía, creía que en lugar de una bici teníamos un BMW, hasta me preguntó donde tenía el manual de instrucciones. Nos dirigimos a tomar el baño antes de volver a casa. Bueno, el que se mojó fue Xavito porque yo me había peinado con los pelos hacia arriba con un nuevo gel extra resistance y no quería arruinar el empastre, además me depilé las cejas y no era plan quitarlas del sitio con lo bonitas que me habían quedado.

El patito se metío dentro de un toallón verde recién lavadito, bien sequito, de los que hacen mimos cuando te los ponés encima. Botoncito para adentro y ducha caliente, splashhhhhhh...

Llegamos a casa y nos fuimos al parking de bicis, con las luces encendidas y cantando una cancion de Barbara Streissand en nuestro inglés chapurreado cuando vemos que un vecino sale de su portal hacia nosotros. Pasó de largo sin decir ni un hola, y como eso no me gusta nada, con mi voz impostada unos decibelios más arriba de lo normal, le dije:

–BUENAS NOCHES
–Ohh hola, no los había visto
–Dos bicis enormes, nosotros cantando y dice que no nos vió. –Le murmuré a Xavi-
–Ajajajajaj, si si, está tan oscuro...

Luego, con los artilugios colgados en su estacionamiento, veo que llegan otros vecinos con el coche, que no tenían control remoto, así que cuando iban a bajar del coche, le dí click a mi mando y les abrí la puerta. Miraban hacia todos los sitios como si hubiese pasado un mago y les hubiera abierto. Ahí me dí cuenta que el otro vecino no nos había visto de verdad, con lo cual llego a la conclusión de que soy una bocas malpensada.

Bueno, no se puede ser perfecta, algún defecto tenía que tener. Eso sí, humilde a tope.

lunes, agosto 28, 2006

Sushi y el mascarón

El atractivo título rezaba Documental de París reflejado sobre la pantalla del portátil, cuando paseando entre decenas de nombres adscritos a una lista de internet decidimos descargar el film. Imaginamos románticas escenas pintando el Sena de color ceniza mojada en un dia brumoso de otoño, con el narrador impostando una voz grave y profunda describiendo el paso de una pareja de enamorados escondidos detras de un viejo paraguas de carbón.

–¡Ew! Me parece que esto no es la Torre Eiffel.
–¿Dónde está Montmartre?

Avanzaba la película y seguíamos buscando entre almendras rosadas pinzadas con pequeñas bolas de metal, primeros planos con cachetes de melocotón, dados de gominola chocolate del tamaño de una cereza del Valle del Jerte, flanes pálidos de gelatina temblorosa, gruesos caramelos exóticos de canela alargados y elásticos con la forma de un envase de Glenfiddich. Nada de El Sagrado Corazón ni de la Sorbona ni de Los Campos Elíseos ni del Palacio de Versalles ni del Louvre.

–¿Quitamos ésta y vemos Orgullo y Prejuicio?
–Verito ¿Qué no la dejaremos a ver si sale algo de París? Tengo un pálpito que al final saldrá alguna calle, algún pintor o la tienda de Louis Vuitton y tengo mucho interés. Ya sabes que soy un tipo muy curioso y todo lo que sea aprender me tira.
–Bueno.

El domingo descansó. El concepto vacaciones de Dixie no es exactamente el mismo que tengo yo. Divergemos sensiblemente en cuanto a la utilización de los tiempos y los espacios. Quizás es que procedemos de culturas separadas por un enorme pedazo de agua salada y eso afecta en las actitudes que tomamos al madurar como tomates en rama. O tal vez sea debido a la disfunción sexual por pertenecer a diferentes estadios naturales, uno con pilila y la otra con grillito –como nombró acertadamente mi amigo Fermín el Rata cuando en la escuela primaria, jugando a la cadena durante el tiempo de recreo en el campo de Les Oliveres, le palpó accidentalmente la entrepierna a nuestra querida compañera María Consuelo, la más desarrollada de la clase que apuntaba ya por aquella época un cuerpo magnífico. A los catorce quedó preñada y hoy es una joven abuela que todavía conserva los rasgos que la encumbraron.

Esta semana que coincidimos los dos, a la playa bajé tres veces, cuando si me dejan solo eso es pan de un día. Ella dice que no le cargue mochuelos porque las ideas parten de mí cabeza inquieta. Es posible. Pero la verdad es que tampoco lo he pasado mal comprando y reacomodando nuestra casa. El resultado me gusta. Y lo mejor de todo es que ya no tengo que –de momento –trabajar más. Sigo con mis largos intervalos marinandome al baño maría, comiendo mirando el mar y durmiendo siestas cavernícolas con sueños extraños que intento guardar para poder contarlos en el post pero que cuando quiero escribir se han evaporado sin dejar apenas señales. Quedan como fotografías dispersas, como manchas de color entre los escondrijos de mi cerebro. Ciertamente no hago un gran esfuerzo por retener las historias porque cada vez que me acuesto, sobre todo al mediodía, sobrevienen nuevas hazañas y siempre dispongo de material. Lo último que recuerdo es que estaba reunido con un calvo Eduardo Zaplana en un despacho, pidiéndole no sé qué cosa mientras él conversaba por teléfono sentado sobre la mesa. Por ahí van los tiros.

Por la tarde vino Jovi con su bajarí negra y Rebeca y nos pusimos a tocar la guitarra y a jugar con la webcam a enseñar los pies por internet, que tiene un gran éxito de público.

–Mira, ahora alguién en un remoto pueblo de Utah se esta haciendo una manuela a la salud de mi negra planta del pié. Les pone.
–No puede ser verdad.
–Sí. Son pederastas. Está plagado. Se matan a muñidas por el mundo.
–¡No!
–Tú pon tu lindo pinrel aquí y verás como sube el marcador.

Vivimos en un planeta bastante perjudicado y con evidentes taras emocionales. Están repartidos por todos lados porque vemos la procedencia de las entradas. Igual te viene uno del Canadá que uno del Japón. Quizás tendré que recurrir al argumento de las culturas diferentes. En el fondo que más dará un pié que un culo. Todo carne para la gusanera. Lo que se tengan que comer los gusanos que se lo coman los cristianos.

Acudió a la llamada de Jovi su amigo Miguel Ángel, mientras asistía atónito desde el comedor de su casa al tercer acto de Macbeth a base de extremidades desnudas. Nos acercamos a tomar unas bravas con calamares al Eurosol y de ahí prácticamente nos arrastró hasta el restaurante asiático que hay en la Avenida del Mar en Castellón. Sushi, shasimi, washabi, tyriyaki, sukiyaki, karakiki y cosas de este jaez. A mi no me gusta el asunto del japonés porque reconozco que soy muy de pueblo y mis papilas gustativas formando equipo con mi olfato oxidado solo reconocen como adecuados cuatro o cinco productos combinados entre sí, a ser posible acompañados de pan blanco crujiente de harina de trigo. Jovi se desató con los palillos y zampaba con su mejor estilo rollos de arroz con salmón, caballa, atún, algas y todo un emocionante conjunto de bocaditos presentados sobre una especie de gran barco de madera con una cabeza de dragón en el mascarón deproa. Yo me destrocé la mano derecha apretando infructuosamente los palillos en un esfuerzo por adaptarme al entorno y no resultar patéticamente un paleto, que al fin y a la postre es lo que soy. Desistí al sufrir varios calambres en el dedo meñique y resolví terminar de recoger los cuatro granos de arroz blanco con el tenedor. Casi terminandome la segunda cerveza japonesa Sapporo vino la mujar de Miguel Angel, María Jesús y terminamos de sufrir. Ciento veintinueve euros.

Hoy lunes nos hemos levantado con el sol que comienza a declinar buscando la nueva estación. Cada mañana aparece unos grados menos elevado, moviendo su posición más hacia el sur y su potente esplendor nuclear atraviesa barriendo como un disparo la terraza. El destello rebotado sobre el cristal de los ventanales del edificio azul cercano produce una extraordinaria duplicidad de focos solares, como si los rayos penetraran a la vez desde el este y el sudoeste, produciendo imposibles juegos de luz y sombras.

Hoy ha venido a comer Victor, el compañero de Verito. Mientras yo practicaba con la guitarra con el programa del portátil, ella fué a comprar a Mercadona y Carrefour. Cuando llegó se puso a preparar el menú para agasajar al invitado de honor. Yo hasta las dos y media tomé el baño jugando solo en la cala, con un agua caliente y tranquila, apenas sin olas. Todo trascurre calmado en mi Jardín del Edén. La Reina Devota ha comenzado Mi Familia y Otros Animales de Gerard Drell. Está lanzadísima.

domingo, agosto 27, 2006

Blanco

El jueves nos levantamos excitados con la perspectiva de seguir efectuando cambios en casa. Saltamos de la cama con la ilusión del seis de enero y encontramos desparramados por el salón los envases sin destapar y la gran bolsa azul de Ikea llena. Sentado sobre el suelo rompiendo el cartón protector se fueron armando los mecanos; en primer lugar, siguiendo metódicamente el libreto de instrucciones, las sillas Herman con patas de aluminio gris y respaldo vinílico hielo y seguidamente la pequeña mesa Mellea con soportes similares y tablero lacado nata. Todas las piezas encajaban con exactitud dando como resultado un mobiliario impecable. Después de acomodar las piezas en su lugar necesitábamos más material para los juegos. La mesa verde de la terraza con las sillas rojas de cocacola. Nueve sillas de plástico apilables y una tabla tan larga como yo, para dos personas. Excesivo. Buscaremos estantes y cajoneras blancas para el comedor y retirar lo heredado. A ver si encontramos en Castellón algo que nos pueda servir con el estilo visto en Barcelona.

Desayunamos partiendo raudos y expectantes hacia el polígono del Transporte. Entramos en el Rey de Sofá y entre mil divanes ninguno se acercó a lo que teníamos en mente. Ikea es mucho Ikea. En Option Home, en Exótiko, Max Descuento, En Leroy Merlín y en Casa. Acabamos recorriendo todas las tiendas de la zona para terminar comprando en Casa una mesa pleglable Scan Com de Eucalipto para la terraza por ciento veintinueve euros, dos sillas de la misma marca por treinta y cuatro y una mesita auxiliar por treinta y cinco. Llegamos a casa, subimos todo el material, desarmamos la mesa verde guardándola debajo de la cama de la primera habitación y juntamos las sillas rojas dejándolas amontonadas en el único hueco libre que restaba. En ese espacio tenemos ya quince sillas esperando la resurreción. Ordenamos el ambiente con el nuevo mobiliario y ahora parece Las Ventas.

Verito en la terraza lee la última página de La Sombra del Viento. Ha terminado el libro. Está exultante.

A la tarde asistimos atónitos a la reunión más sorprendente, por definirla de algún modo, que hemos presenciado jamás. En el aparcamiento de los apartamentos Europa, que es donde vivimos, debajo de la farola que linda con las duchas y la fila de moreras, habilitaron unos bancos de madera y unas sillas para la convención anual que vienen haciendo desde que el padre de Jesucristo rodaba en velocípedo, los vecinos de la finca. Son treinta y siete viviendas contando los estudios de los bajos. A las seis y media de la tarde acudía el administrador, contratado recientemente, el jóven abogado Joaquín Rambla maletín en mano, acompañado por una tímida secretaria. Él vestía antiguo, con camisa celeste de manga larga y pantalón crema con una mancha del tamaño de una modeda de dos euros a la altura de la rodilla que recogía todo el interés a nivel pupilas distrayendo continuamente mi atención ¿Dónde se habría arrodillado? Seguro que a chupar algo. Ella iba de negro con una falda hasta la pantorrilla y un cinturón plateado, protegida por una carpeta que apretaba contra el pecho a modo de escudo. Sentados ante la mesa de bar que utilizan para jugar al perejíl en las tardes de verano empezó el cónclave. El administrador, la secretaria, el presidente, el secretario y el vocal. En un listado previo figuraba un rosario de diez puntos a tratar aparte de una normativa legal para la comunidad.

Entre los vecinos destacaba ya desde los prolegómenos una vocecita aguda que surgía dos cabezas a mi derecha y que provocaba la ira y el gesto desaprobador de una gran parte de los presentes. Era una carita rubicunda, redonda y pequeña, con ojos oscuros y brillantes de comadreja y una expresión anodina con el pelo oxigenado recogido, de unos cuarenta años. A su lado su acompañante, un chico moreno y medio calvo con gafas de bastidor azul sobre una cara redonda y fofa. Cada planteamiento que se formulaba iba acompañado de innumerables discusiones y diatribas interminables seguidas de acusaciones, improperios y argumentos espúreos ajenos a cualquier condición lógica. Nosotros éramos nuevos en aquel ruedo infame y centrábamos el interés en que se aprobara o simplemente se pusiera el marcha el asunto del ascensor. Pero ese punto figuraba en el orden del día en el puesto nueve y llegando a las diez de la noche la cosa no pasaba del tres.

Los temas por más nimios que fueran se calentaban por el efecto de la voz respondona; en un momento de la parodia se levantó cigarrillo en mano y pude observar más detenidamente su fisonomía. Era un cuerpo con forma de peonza sin cuello, rematada con una bolita rubia atenazada con un broche; llevaba puestos unos pantalones vaqueros sin marca. Dentro de ellos el trasero había desaparecido para situarse debajo del ombligo. Las nalgas habían sido reemplazadas por una pancita que subía encrestada uniéndose con las mamas que a su vez bajaban hasta formar una forma circular a la altura de la cadera, enfundadas en un ligero sueter celeste. Todo este conjunto aparecía constreñido por un sujetador de ballenas que dibujaba el contorno de los michelines como si fuera una peonza enrrollada con el cordón preparada para lanzar.

-¡Ladrón! –acusaba el tapón a cualquiera de los anteriores gestores que tenía delante.

Es una de esas personas que sacan de quicio, que en mi pueblo se les llama hijas de puta, y que provocan la aversión de la mayoría sin que a ellas les mueva ni un pelo el sentirse rechazadas. Descarada y machacona, peligrosa, daba palos a todo el mundo. Con el que más se encaraba con Manolo el presidente, que le había levantado una denuncia en nombre de la comunidad de vecinos por uso indebido del recinto.

-¡Que salga el que me ha denunciado! ¡Que quiero verlo! ¡Que venga ya! –vociferaba histérica Greta Garba plantada como una antorcha en medio del público. ¡El presidente, quiero exlicaciones del presidente!

Como ya se había elegido nuevo presidente el anterior paseaba al amparo de su mujer por detrás de mí partiéndose de risa igual que un niño contento.

-¡Yo soy el expresidente! Hohoho! ¡Que salga el presidenteee! ¡Te hemos denunciadooo! –y seguía trotando travieso agarrado a su señora por si las moscas.
-¡Abogado tome nota! –saltaba el marido del cono rubio con patitas levantándose de la silla y señalando al viejo expresidente con el brazo extendido.
-¡Calzonazos! –clamaba una estentórea voz desde el fondo.

Al parecer conseguir denunciar a este dañino ejemplar vecinal es todo un hito, una pequeña batalla en el fragor de una contienda larga y cruenta que tiene por campo de juego mi finca. Unos días atrás, Pascual, otro vecino oriundo de Vila Real, perdió un contencioso contra la misma por insultos y tuvo que pagar ciento veinte euros de multa.

En otro acalorado momento del sainete esta bruja amenazó con arrebatarle la vivienda al secretario, un tal Joaquín de lengua trabada y antiguo inquilino. Este al escuchar semejantes palabras se puso nervioso y le gritó encaramado sobre un banco haciendo el gesto de rodar vehementemente el dedo índice a la altura de la sien.

-¡Tú estás como una cabra!
-¡Abogado tome nota! ¡Amenaza de muerte! –volvía a declamar el imbécil.

Pero esto era solamente la pimienta. Los otros ingredientes del cocido aparecían entre medio soltando con aspavientos sus pocos recursos y dejando entrever sus cerebros a medio cocer, aunque no todos presentaran los mismos síntomas.

De la mayoría no recuerdo los nombres porque tampoco se presentaron. Inma y Pilar las sufrientes, dolorosas y resentidas mujeres, hija y madre viuda. No quieren ni oir hablar del ascensor.

–Mira mi padre muríó el año pasado saliendo de aquí. Compramos el primer piso porque no podía subir al cuarto que nos ofrecían. Que bonito, quereis tener vistas y encima que te pongan el ascensor para subir.
–¿?

Encarni, la madre de Encarni, nuestra vecina del cuarto, que levantaba el brazo siempre sin tener claro en que sentido rolaba la votación.

–Encarni, que esta vamos en contra
–¿Pero esto no es lo del ascensor? –si pero es para no ponerlo.

Agustín, el dueño del apartamento que tenemos al lado y que tiene alquilado a los rumanos; Lidón la chica que nos apoya con la búsqueda de proyectos. Cueva Santa, la simpática chica más linda con más arrugas y con más alzas.

–Yo también quiero hacer un ruego.
–¿Qué?
–¿A vosotros no os molesta que el timbre de la entrada haga tilin, tilín? Está muy fuerte ¿No?
–No. De hecho cuando llaman ni nos enteramos.


Cerca de las doce de la noche terminó el guirigay con más pena que gloria y con la prohibición de colgar prendas en el exterior de la fachada y la próxima guerra para la ubicación de un ascensor en el exterior de los apartamentos. No he descrito ni una pequeña parte de lo que aconteció porque transquibirlo todo seria una tarea imposible.

El Viernes nada más levantarnos y desayunar planificamos la jornada, cosa extraña en nosotros. Bajamos a la Vall d’Uixó y pasamos por mi piso para recoger el cuadro de Cristina Sanz de las bicicletas que me regaló, dos marcos grandes de aluminio blanco que tenía con sendas láminas con reproducciones de pinturas, la olla a presión, el aro extensible para meter la ropa sucia, unas luces de colores y dos velas. Pasé por el Banco Popular para pagar la cuota de escalera de julio y agosto –ochenta euros –por la caja rural para que me dieran un extracto de las cuentas para ver si me habían cargado el seguro del Solete –ciento noventa y ocho euros –y así era, con lo que hablé con Susi y quedamos en que la semana que viene me acerque por la consulta y me reembolsará el dinero, aparte de darme de baja en Mevase. Pasamos también por el taller del Alfa Romeo para concertar otra cita para revisar los líquidos de mi coche y colocarle las escobillas del parabrisas. Hechas las obligadas gestiones Valleras nos dirigimos hacia el polígono Belcaire y hollamos el terreno sagrado de mi empresa. Pisé la entrada recalentada y quité la alarma. Conectamos las luces y los equipos y me reencontré con mi próximo futuro. Los olores, los ruidos, el espacio. Todo estaba intacto, inmóvil en el tiempo, igual, exactamente en el mismo sitio cada una de las cosas, tal y como las dejamos el último dia antes de vacaciones, como si el tiempo se hubiese detenido congelado.

–Me gustan estas fotos de la columna ¿Tú no estás? –Dijo Dixie observando las imágenes reproducidas en tamaño atrés y pegadas con celo sobre el pilar de hormigón sin recubrir que tenemos en medio de la nave.
–No. Yo hice las fotos.
–¿Y esta de ahí arriba quién es?
–Mari Paz.
–Pués en la foto está más fea que cuando la vimos en Castellón. ¿Y quién ha hecho la caricatura de la Patri? ¡Qué buena está clavadita!
–No es la Patri. Es Amaral y la caricatura es del Vizcarra el del Jueves.
- Ahhh, pues en la foto salió relinda.

Con el gécinco abrímos el painter y pintamos unos cuadros para decorar nuestra casa. Lo hicimos bastante rápido y diseñamos una cantante basada en una imagen de internet de Ella Fitzgerald y otra de B.B. King dando un toque con su guitarra. Una especie de proyección nuestra. Unos trazos negros sobre el fondo blanco del lienzo. Muy sintético y ligero. Solamente en el de la mujer unos labios en carmín dan la nota de color. Esos eran de tamaño más grande sesenta por setenta. El resto dos conjuntos de tres pequeños cuadros de doce por diecisiete con nuestros nombres y el otro con una raspa de pescado; para finalizar dispuse cuatro recortes con las imágenes que trabajamos para Llumadara de la serie de africanos, con un tamaño de doce por doce. Nos llevó todo el día más que nada porque la impresora no quería funcionar y me tuvo cabreado y paciente esperando y reiniciando una y otra vez los equipos. Si cobrara por horas cada una de las obras saldría por un pico. Terminamos sobre las seis de la tarde y desde las diez de la mañana con el desayuno todavía no habíamos probado bocado, tan solo un café de la máquina automática de la fábrica y un par de vasos de agua.

Salimos pitando hacia el Leroy Merlín y comprar todos los aperos necesarios con el objetivo de rematar la faena. Entramos en la abarrotada tienda. Una caja de herramientas, sellador, pintura blanca sintética y de pared, dos adaptadores, tornillos y tacos, alambre, aceite para madera, pinceles, hilos de algodón, un tope para puertas, tiradores metálicos, guantes, lijas, aguarrás por ciento cuarenta euros. Lo más caro la caja de herramientas y la pintura sintética.

De allí al Mercadona de Benicassim y conseguir algo de comida para la cena. Llegando al Hotel Orange recibimos una llamada de Marcialín que nos estaba esperando sentado en la mesa amarilla que tenemos en el patio de los apartamentos. Esperó a que terminásemos de hacer las compras y nos ayudó a subir todas las cosas. Acabamos muertos de cansancio y tirados sobre la cama como dos jamones de Teruel colgados. No tenía fuerza ni para escribir cuatro frases en el post ni para bajar a la playa.

Ayer por la mañana marchamos otra vez a Castellón. El reto consistía esta vez en cazar dos tumbonas de madera y reemplazar las de plástico verde que tenemos ahora. Pero no encontramos ninguna que pudiera suplir las antiguas. Todos los modelos son excesivamente largos, casi dos metros, no tienen apoyabrazos y no se pliegan, solo levantan el cabezal sin acortar su longitud. Estos inconvenientes de momento son insalvables ya que no mejoran la comodidad de estas que tenemos. Si encontramos alguna que se adapte ya la compraremos. A la vuelta sobre la una de la tarde empleamos el resto del día en pintar de blanco el mueble con cajones que teníamos para apoyar el televisor, con varias capas de pintura y secado, y repasar con aceite los muebles de madera de eucalipto de la terraza. También Verito repasó todos los agujeros de la casa con masilla y pintó las grietas y desconchones. Yo me agasajé con una merecida siesta hasta las siete. Después colocamos los tacos, preparamos los cuadros con los soportes y colgamos todo en su sitio. Nos daba la gasolina de nuestros cuerpos extenuados para limpiar y preparar un cena de sobaquillo ligera. Volvimos a caer rendidos sin remisión. Hasta hoy que el día vuelve a renacer con la brisa que sube de la playa soleada y brillante. Verito está preparando la comida mientras escribo esto. Vamos a tomar el baño, que ya tengo ganas, porque esta semana aparte de pasar como una impetuosa tramontana, no he disfrutado del agua más que en un par de ocasiones. La casa está cambiando poco a poco y yo voy a descansar.

jueves, agosto 24, 2006

Ke Ikea hemos tenido

Nuestra casa está cambiando inmersa en un proceso de metamorfosis contínuo, imparable, fascinante. Es todavía una larva enrollada con hilo viejo que ha entrado en pupación con un capullo velludo de color pálido como la harina de trigo. De momento aparece como una crisálida de colores blanco, argentino y rama de eucalipto repartida entre el salón y la terraza.

Ayer por la mañana descargamos el pequeño cedós de Verito de trastos que tenía almacenados desde el pasado año; unas cazadoras de invierno llenas de polvo y tierra, una gruesa polar, blanca en su juventud, que presentaba un tono desvaído, neutro con los collares ribeteados de un capa oscura y mugrienta, otra de cuerina negra arrugada bajo el peso de varios taburetes plegables y de la mesa portátil de aluminio con tablero de chapa que utilizábamos en nuestros picnics; dos cortinas rojas sin estrenar que compró de Monfort dentro de los envases de cartón y sus dos patines en línea en sendas bolsas de plástico, que se puso un solo día hace cuatro años y que arrastra consigo de destino en destino. Todo aperos amontonados que va trasvasando de coche en coche y ahora le tocó el turno pasar al mío, por no subir la carga los cinco pisos y almacenarla en casa.

Salimos tarde después de desayunar con destino Barcelona hacia el Ikea de l’Hospitalet, aunque Verito se empeñaba en señalar como punto de llegada el de Badalona. Recordaba de mis recientes visitas a la ciudad Condal haber circulado varias veces por delante de la tienda pero Dixie me mostró en internet la localización de la segunda, asegurando fehacientemente que la primera era fruto de un turbio sueño imaginario consecuencia directa de una noche etílica. Llegamos a la una del mediodía con un par de vueltas despistadas entre rotondas atestadas de impacientes conductores catalanes, hasta que en una gasolinera nos indicaron la dirección a seguir; un kilómetro más adelante en línea recta desde donde estábamos detenidos. Lo habíamos conseguido sin muchos problemas.

Llegamos fluyendo en mitad de un líquido de vehículos atascados dentro de una vía en reparación, hasta llegar a los sótanos de la tienda, con el aparcamiento atestado de frenéticos compradores que elegían un miércoles de agosto como espectáculo para visitar. No tendrían otra cosa mejor que hacer. Ya ves tú.

Entramos en la exposición y directamente me convertí a la religión del mueble y del artilugio complementario, al credo de los incrédulos, de los compulsivos de las compras, del diseño límpio y provocador, de la practicidad de los recursos, de la elegancia de lo simple. Del buen gusto. Soy un adepto.

Recorrimos toda la parte superior de la nave entrando por los ambientes del show room, una escenografía impecable, detallada, definida, fácil, asequible y atractiva, preparada para enganchar a las almas incautas y a los pobres buscadores de muebles desmontables.

-Lo siento señores. Este carro es para llevar niños. Hagan el favor.

Y el amable y atento guardia de seguridad nos birló el carro que habíamos conseguido un piso más abajo, después de sesudas deliberaciones para elegir uno de los varios modelos. Nos dejó con una enorme bolsa de plástico amarillo con el logotipo serigrafiado en azul prendido de la mano, mirandonos a los ojos, disimulando para no volver la vista hacia ningún otro lado. Nuestra vergorzante primera vez. Paletos que acaban de pisar tierra civilizada. De poble xà.

-¿Y qué hacemos con la bolsa?
-Nos la llevamos detrás. Con dignidad y aplomo. Tú sigue caminando. Venga, que no parezca que nos han robado el niño y no nos hemos enterado.

Ya con la hinchada bolsa amarilla colgando del antebrazo, como una señora en un mercado fisgando entre los puestos de verduras, paseamos por todos los recodos de la tienda. Dormitorios, despachos, salones, oficinas, iluminación, cocinas, baños, textiles, recibidores, sofás. Un yo que sé de juguetes lindos. Nos gustaba casi todo. Y el tema del precio era verdad, mucho más económico que en los comercios de la provincia. Encima de ser barato era de nuestro agrado. Elegimos una mesita rinconera por nueve euros, una estantería modular por ciento sesenta, otra para el recibidor por cincuenta, una mesa para el comedor por cuarenta y cinco con cuatro sillas de plástico por ocho y unos marcos para pinturas desde cuatro hasta doce; todo en color blanco. Solamente nos llevamos la mesa, cuatro sillas por quince euros cada una ya que se habían agotado las existencias de color de las que teníamos elegidas, los marcos y un futtón calentito de plumón por veinticuatro euros, para rellenar la colcha bermellón con trazos de colores vivos que Verito compró hace pocos días.

También dejamos para la próxima visita el sofá que rondaba entre los seiscientos y pico y los novecientos. Quedamos al final prendados de los que podían ser candidatos reales para nuestro salón. Un divan blanco de tela, el más económico, con el diseño más actual y otro ligeramente más clásico de color pardo y tacto más frío pero mullido hasta desaparecer mas bien acostado que sentado hundido dentro de su acolchada panza. Como esto requiere un proceso calmado de reflexión debido al elevado coste del producto, decidimos meditar la decisión y esperar un tiempo para no errar el tiro.

Tomamos cocacola y unos bocadillos en la cafetería del centro y enfilamos el camino de vuelta a casa, en principio ligeramente enfurruñados por un pequeño incidente sin consecuencias. Verito estuvo un instante debajo de un enorme trailer cargado de pescado congelado con destino a Francia debido a una lamentable duda de último momento en la toma de un desvío del conductor del coqueto citroen rojo. Esto provocó una cadena de desencuentros que terminaron en un mutis absoluto durante los trescientos kilómetros de la ruta. Esto empeoraba por momentos debido a la insistente y atorrante música que insertó la copiloto accidentada por la ranura del equipo. Un cedé de Bebo convertido en un tormento de teclas caribeñas insoportables repetidas en un bucle sin fín que limó con fina paciencia los tiernos huesecillos de mi hasta ese día intacto oido interno. Se puede afirmar, sin ningún genero de dudas que eludiré como la peste durante un tiempo prudencial, todo lo relacionado con Cuba. Aún me retumba la cabeza. Clin clin clan, clin clan clon.

Este mosqueo trivial se alargó hasta la mañana de hoy. Nos tuvo enfrentados sobre la yacija conyugal, ocupando cada uno el extremo más alejado, prácticamente en el borde haciendo equilibrios, con una pierna en el suelo y el brazo al aire, evitando tener cualquier roce o contacto físico debido al fundado temor de quedar socarrados por una descarga eléctrica de proporciones colosales por la gran acumulación de energía negativa producida durante la jornada. Somos baterías humanas.

Hay que tener en consideración que yo soy el personaje no de la función; normalmente me encargo de negar las propuestas que escucho llegar hasta mi alcance auditivo. Soy el típico que suelta no sé para que queremos esto, no me gusta, es muy caro, ya tenemos uno y frases por el estilo, sufriendo con desgana el momento de la compra y mostrando mi peor cara ante el exasperante ritual de los probadores. Lo contrario que Dixie que es más positiva y compraría mil cosas, tomando el acto como un divertimento ilimitado. Le encanta salir a ver vidrieras y tocar el género. Eso y actuar en público sentada en un taburete giratorio sobre un escenario iluminado es el mayor placer que pueda desear.

Eso pasó en el Templo de los Muebles y los Objetos. Ella super del amor con todo lo que abarcaba, enamorada de una lámpara extraña como la cabeza de medusa y yo negandole como Judas en la última cena. Y una cosa llevó a la otra y la otra a la otra y así hasta el tope final. Para colmar el vaso, yo me canso hasta la extenuación con estos recorridos comerciales y termino medio muerto arrastrándome derrotado y sin apenas fuerza, agotado. Lo paso fatal y el ánimo todavía se me quiebra más. Entonces sale el tonto que tengo escondido para las grandes ocasiones y focaliza la función. Es la estrella de la función. Don Capulletto.

Pero cuando volvemos a la realidad de las cosas y las malas vibraciones se neutralizan como los rayos en una tormenta cayendo sobre el mar, todo vuelve a su cauce y retoma su estado básico. Dos besos, un abrazo cálido y podemos dormir con el espíritu pacífico desbrabado tras la batalla incruenta. Ahora horas después nos reimos de la situación pasada y jugamos a ver quién ha perdonado a quién por la travesura. Y es que siempre llevo las de perder. Será por algo. Digo yo.

martes, agosto 22, 2006

La vuelta al cole

Con Verito también de vacaciones pululando por los medios, la indolente vida transcurre plácidamente, sin alteraciones graves ni sobresaltos que reseñar. Aunque ahora nos levantamos un poco más tarde, sobre las ocho, el resto del día lo ocupamos haciendo las mismas cosas; desayuno en la terraza, leemos –ella está obsesionada con su Sombra del Viento y no parece que decaiga su interés – vemos películas, tomamos el baño en la cala, preparamos comidas naturales, y sobre todo dormimos infinitas siestas a todas horas. Yo terminé La muchacha de las Bragas de Oro de Marsé y ahora estoy con el Pedante en la Cocina de Julian Barnes y Persuasión de Jane Austen que vi aparecer anoche en la escena de un film y recordaba haberlo leído alguna vez; efectivamente busqué en la biblioteca y allí estaba camuflado entre mayores, con el lomo magenta y celeste de una edición barata de bolsillo.

A mí me ocurre que con el paso de los años olvido por completo el contenido de lo que leo, como una especie de reset que mi mente activa y que me viene desconcertando desde hace algún tiempo. Es como una limpieza de porquerias, una bajada de basura periódica para descargar el peso inservible acumulado en mi cerebro. O tal vez sea información útil que no soy capaz de retener como hacen los grandes hombres. A menudo pienso para qué demonios me sirve leer tanto. Dixie opina que mientras esté entretenido con las letras no ando molestandola como un niño a su madre. Dice que de este modo estoy tranquilo y no alboroto por la casa. Que para eso fundamentalmente sirven los libros. Que no me preocupe de más y siga con la lectura porque tiene que preparar la cena, luego atenderá mis cuitas.

Un día como el de hoy Verito nada más abrir los ojos se ha visto la película que anoche me vi yo, porque de noche se duerme nada más empezar los créditos, La casa del Lago; seguidamente desayunamos, luego un rato de lectura, bajamos a la playa, compramos por el camino en el Caprabo unos pimientos rojos que faltaban, para preparar una gloriosa crema de calabacín, que ha sido el menú del martes, hemos dormido la siesta, yo estirado en el sofá, Verito en la terraza. La he tenido que cubrir con la manta azul que nos regaló mi madre porque estaba tiritando de frío en la tumbona; Después con las bicicletas fuimos a dar un paseo hasta el Grao por el carril verde. A la vuelta paramos en la playa y tomamos el baño de la tarde.

Ahora que van a dar las nueve de la noche, con la luz apagándose por la sierra y los mercantes encendiendo la suya allá abajo sobre la línea del horizonte, vamos a cenar con la calma que sigue acompañando constante llevada por la brisa salada que sube desde el mar, en este verano que se nos está haciendo muy corto.

Lo bueno es que cuando termine el verano engancharemos con el otoño. Ya me estoy viendo cuando vuelva al trabajo. El disgusto por el final del periodo más deseado del año dibujado al carbón en las caras de mis compañeros. Y Pepe arengando a la tropa con su esperado –vamos a empezar con ganas que ya se acabaron las fiestas –y yo esta vez pensaré que para mi siguen indefinidamente, igual que empezaron, sin darme cuenta del cambio de estado, de sólido a sólido sin pasar por ser ni gas ni líquido. Permaneceré en mi espacio de ensueño disfrutando de la luz y del entorno, como diría un buen arquitecto. De hecho estoy tan anestesiado que no recuerdo qué día tengo que volver. Le mandaré un correo a la Patri que seguro que tiene la fecha grabada a fuego en su corteza cerebral.

lunes, agosto 21, 2006

Resaca

Quedé encargado de cuidar una mesa en el parterre relleno de arena, debajo de la pasarela de madera en la playa dels Terrers. El Ayuntamiento dispuso unos mugrientos tableros de chapado blanco con unos caballetes metálicos de soporte y unas sillas de aluminio con el nombre Talía serigrafíado en bermellón sobre los desconchados respaldos. Salí del mar y con el agua encima planté unas sillas como bandera para delimitar el terreno. Verito subió hasta casa para preparar unos bocadillos con pechuga de pollo horneada al paté y bechamel, sobras de la comida del sábado. Unas aceitunas verdes maceradas con salmuera al romero de Carcaixent y un sandwich de queso fresco y tomate para ella.

Fuí el primero en llegar con el sol afirmado aun sobre las torres, con los últimos rayos resaltando los colores marinos y alargando las sombras sobre las piedras. La primera en llegar fué Conchín. Luego Mayte que me dejó un pequeño pareo caqui con dibujos étnicos que me até sobre mi bañador verde de Decathlon. Empezamos con el cava Brut mientras la gente acudía ocupando poco a poco todas las mesas. Ramón y Merche, Marcial y Canela. Y la fiesta se disparó para mi. Estaba sentado en la mesa prácticamente sobre el límite del paseo, con el mar delante y el crepúsculo malva a mi espalda. Hablando, comiendo, bebiendo, moviéndome, bailando. Ebrio de cerveza, de cava, de vino y de un vodka genuíno que se trasladó Conchín de su viaje a Rusia.

Sé que escuché –y ví, eso creo –entre brumas etílicas al alcalde de Benicassim arengar desde lo alto del puente, con el micrófono del chico orquesta, no sé qué de arreglar no sé qué cosas. Me pareció un hombrecito menudo de cabeza brillante y camisa inmaculada. No pude observar nada más debido a mi lamentable estado. Pasaron por delante de mi corral Alfonso y Alfonsina, mis amigos vecinos de nataciones profundas y los señores G&G de Toledo, que según me trasmitió la Negrita al día siguiente, estaban preocupados por el estado del mobiliario. Al parecer yo estaba en otro mundo bebiendo todo lo que encontraba dentro de un vaso en un radio de doscientos metros.

Recuerdo unas largas conversaciones con Marcial pero solo retengo en la memoria su cara mirándome a los ojos para escudriñar la forma de mis pupilas.

-Tienes las pupilas poco dilatadas Xavito. Puedes beber un poco más. No pasa nada. Tú sigue que ya te avisaré cuando llegues a la línea roja.
-Brafsggssffs...!

No me puso freno y seguí con lo mio, viendo a lo lejos sobre el escenario de traviesas, bailar descalzos a Ramón, Canela y Verito, en primera fila pidiendo temas al músico estrella, con la excitación de una divertida noche de verano. A la mañana siguiente caí en la cuenta que entre la penumbra del lugar y lo poco que ve Marcial en condiciones óptimas, entiendo que no viese mis iris y simplemente me dejara disfrutar de esta alegre borrachera hasta el final. Sabía que como mucho, dormiría la mona tumbado allí mismo, delante de casa, arrullado por el sonido de las olas arrastrando la grava. Como un muchacho del FIB. No era peligroso. Una toalla encima y punto. El doctor acertó plenamente en su vaticinio.

El domingo amanecí a las doce sobre la cama con una mujer al lado –la Negra de Devoto –y un dolor intenso de cabeza que amenazaba con destrozarme las sienes. Náuseas y un malestar general que me impedían apreciar el día magnífico de finales de agosto. Me costó recuperar el tono habitual y tuve que recurrir a una gragea de Ibuprofeno como remedio. Conchín y Mayte se quedaron en casa para no tener que tomar el coche porque el grupo se retiró sobre las tres de la madrugada, exhaustos pero contentos. Cuando nos levantamos las dos estaban en la playa porque nos contaron después que no pudieron pegar ojo hasta las siete, cuando callan los ritmos de los garitos. Yo nunca escucho y si alguna vez oigo algo no me molesta. Quizás estoy acostumbrado. Para mi son como una nana. Duérmete niño, duérmete ya.

Habíamos quedado para comer con Ramón y Merche y no estaba en condiciones. Estoy viejo con una resaca tremenda –pensé, –y ante la tortilla de patata que preparó nuestra invitada recuperé la memoria instantáneamente. Una buena comida acompañada de otra mórbida siesta a la fresca y un delicioso baño de mar lo curan todo.

Un buen fin de semana. Le voy a dar un diez. Soy un profesor fácil y me aprueban todos con matrícula.

domingo, agosto 20, 2006

Juanito el Robot del Hogar

El viernes llamé a mi hermano Juan para que arreglara el desastre de instalación eléctrica que tenia montado en la galería de mi casa. No era capaz de enderezar semejante desaguisado con mis limitados conocimientos. A decir verdad fue una pequeña treta que inventé para conseguir estar con él un rato a solas y disfutar de su compañía. Como siempre acudió solícito en mi ayuda sin poner reparos y a las doce estaba debajo del apartamento con el coche de Rubén que está en Menorca. Subió para analizar el problema.

-Açó es una merda de instalació. Quin fill de puta haurà fet este embolic? No se ha quemado la casa de puro milagro.

Y se puso manos a la obra. Diseñó una estrategia y para llevarla a cabo necesitábamos unas piezas, una toma y una clavija. Nos acercamos a Castellón entrando en Leroy Merlin. Conseguimos los recambios y cuatro estores blancos para el salón por noventa euros la pieza, total trescientos sesenta. Casi me dió un ataque porque al mirar los precios en la estantería había visto un cincuenta marcado, pero eran otros parecidos que estaban al lado y de un tamaño reducido. Pagué con dolor y nos dirigimos a Benicassim. El reloj del coche marcaba la una y media.

-¿Te quedarás a comer no? Ya es tarde.
-Mmm. Llamaré a Robert que no me esperen. Esto en cinco minutos está finiquitado.
-¿Seguro?
-Clar!

Lo paseé dando un rodeo por la ruta turística al lado de la playa bajando por la Avenida, cruzando todas las villas hasta llegar al Mercadona nuevo. Lo metí de cabeza dentro y me propuso preparar unas gambas al ajillo como menú y para acompañar un vino blanco. Compró quince animalitos explicándome qué diferencia existía entre un montón y otro de crustáceos sin que llegara a quedarme claro.

-¿Y estas no son iguales que estas? -le señalaba confundido entre las cajas del refrigerador.
-¿No vés que no? La rojas son las que tienes que elegir. Luego vas a la dependienta y le pides una cantidad. Dame cinco, o lo que sea. Que ellas las cuentan de una en una. A once euros el kilo.
-Cuando vuelvas te llamo de nuevo y me las compras.

Ya en casa se puso como un campeón a solucionarme el enchufe pero no le terminaban de salir las cuentas. Cable que entra por aquí y cable que sale por allá con el puente que engancha por este otro agujero. Como la cosa venía algo torcida me propuso abrir al vino y andar tentando los vasos.

-Que Juanito. ¿Te aclaras con el esquema?
-¡Ostia! Si esto es lo más fácil. Es solo un click clack.
-¿No lo dejaremos para después y preparamos la comida que van a dar las cuatro?

Y se puso con la tarea de las gambas. Las peló con soltura quitándoles la cabeza y las patas, dispuso un pequeña cazuela con un dedo de aceite de oliva y cinco ajos cortados en rebanadas. Con el sofrito añadió las piezas limpias, una pizca de pimienta negra, sal y seguido un chorro de brandy de Jerez Real Tesoro. Flambeó el caldo hasta que se agotó el alcohol y el aceite se convirtió por arte de magia en un salsa inimaginable con un aroma que inundó la casa por completo.

-¿Salimos fuera a la terraza o le damos desde aquí directamente? -le dije.
-Grouncfss, frounchsssfgss...-respondió devorando el trozo de pan mojado en la cazuela con la mano derecha dentro ya de la boca y armado con un tenedor ensartando la primera gamba con la izquierda.
-Froungfssss, grounpschhs...-y zanjé la conversación.

Nos quedamos dentro. Acabé entrompado con el vino y la barra y media de pan, que no podía ni hablar ni levantar un milímetro los párpados. Se cerraban como dos compuertas de pantano. Caí sobre el sofá y tuve el tiempo justo mientras descendía sobre la tela de proponerle ver una película, para dormir acompañados del soniquete. Pasó olímpicamente de mi propuesta y siguió con el problema del cableado de la instalación, remugando con su estilo peculiar entre el humo de sus cigarrillos de Marlboro. A eso de las siete regresé al mundo de los vivos aturdido, no sé si por el resacón o por la mezcla de pan y salsa de las gambas -y las longanizas de pascua y los pedazos de queso manchego y de tetilla, que hubo variedad de tapas.

-Oye Juan: ¿Quieres decir que esto que acabamos de engullirnos no tiene aceite? -pregunté intentando averiguar donde estaba el quid de la cuestión de mi profundo y pesado sueño.
-¿Tú has visto el aceite por alguna parte?
-Pues nó.
-¿Tenía aspecto de tener aceite eso que estabas mojando con pan? ¿Eh?
-La verdad es que no.
-Ves. Eso era una salsita. Salsa, no aceite.
-Pues yo bien que he visto el dedo y pico que has metido con los ajos.
-Pero eso se va. Se evapora con el flambeado.
-Ah.
-Además un poco de aceite no hace daño. Las máquinas funcionan con aceite.
-Clar.

Llegó Verito del trabajo casi cuando estaba encontrando la solución al enigma de las clavijas y todo eso. Si este no es, al otro, y si no al otro y vas probando -decía.

-¿Y en el envoltorio de cartón no explica como hay que conectar el asunto?
-¿Y tú has estudiado electricidad, un cursillo o un master?
-Pues no. -le contesté.
-Pues yo tampoco. Así que a probar empíricamente. Como los científicos.

Al final arregló la instalación y ya funciona el enchufe y la luz de la galería sin temor a que se prenda fuego la casa. Aprovechando que lo tenía cerca y con Verito rondando le encomendé la tarea de colocar los estores. Para ello aludí a su facilidad y destreza con todo tipo de operaciones. Igual te repara un roto que un descosido. Y como sabe hacer de todo y yo no, pues ahí que le dí.

-Xavito, no seas cara dura, que eso puedes hacerlo tú -me espetó Verito.
-Si lo coloco yo mañana están en el suelo apiladas. A él le cuesta cinco minutos.

Y se lanzó a taladrar agujeros y medir distancias y plantar estores con Verito de machaca y en media hora o más lo dejaron listo. Me ha dejado la casa como un pincel. He sido feliz por tenerlo para mi solo durante un día. Le invitamos a cenar pero ya no quiso quedarse porque tenía ganas de ver a sus hijas, que estaban en casa de mi hermana en Nules. Se fue y el que se quedó con la sensación de nostalgia en el alma fuí yo. A mi hermano lo quiero mucho y admiro la energía que pone en todas las cosas que hace y el talento que atesora. Desearía verlo más a menudo y disfrutar de su presencia pero no puede ser. Hasta pronto.

viernes, agosto 18, 2006

Bajando de la cumbre

Hace algún tiempo navegaba con el Solete a pocas millas de la costa viendo la franja litoral dibujada en mi escenario desde el poniente como un fondo pintado sobre un papel imaginario. Se extendía al sur desde Moncofa con la sierra Espadán en segundo plano hasta la olla de Benicassím, terminando la vista en la punta de Orpesa más allá de les Agulles. El cielo bajo tenía los colores de un Canaletto. Ese tono amarillento de barniz oxidado, como recubriendo un lienzo centenario olvidado en un viejo arcón, en la esquina más recóndita del desván. Una nube purulenta, apagada y sucia cubría toda la zona posándose entre las edificaciones, los naranjales y la huerta, difuminando su contorno. Era un horizonte intoxicado por los vapores exhalados de las fábricas azulejeras mezclado con el polvo arcilloso que impregnaba cualquier rincón, con la pegajosa humedad de melaza, dejando como señal una pátina ocre en la superfície de las cosas, un estigma bíblico, un tatuaje indeleble que también decoraba de beige la capa interior de todo bicho viviente.

Este Bophal mediterráneo desaparecía cuando la lluvia y el viento por separado o actuando en equipo, escampaban la mierda hacia otros lares, dejando límpio el paisaje, como si unos restauradores fantásticos hubiesen devuelto a la obra su riqueza cromática original.

-¡Hola Xavito! ¿En todo el día no has salido de casa?
-No...
-Estás en el mismo lugar que te dejé esta mañana. Repantigado en el sofá.
-Es que es distinto. Esta mañana estaba repantigado leyendo y ahora estoy repantigado escribiendo. Son actividades diferentes. Y entre medios he cazado una mesa al vuelo, me he preparado una xauxas con tomate, atún y macarrones –los que la Paqui dejó en la nevera –y he jugado con el loco Garbí en la terraza. También he dormitado con un ojo abierto y el otro vigilando el temporal por si las moscas.
-Açó no pot ser. Te saldrá un callo en el orto.
-Yo me lo paso bien. Tengo el mar delante, el fresco por todos lados, mis libros, internet, la cocina, mi guitarra, mis programas de música, mis pelis piratas –que se ven de miedo con el Pando –mi cama, mis reposeras, mi casa. La gente paga lo que no hay escrito por algo así. Yo también pero no lo estoy pensando todo el rato.

Verito se tumbó después de sacarse de encima el uniforme oficial de la empresa, su segunda piel, abrió su Sombra del Viento y se dispuso a mascullar refunfuñando frases. Ella se enoja porque yo le hago encargos teledirigidos. Como al mediodía corretea por los hipermercados de Castellón le pido que busque recambios de apliques eléctricos y cosas por ese estilo.

-Todo el santo día. De vacaciones. ¡Ostia Xavito! Y tenés el rostro de pedírme las cosas cuando sabés que estoy ocupada con el trabajo.
-Pero a ti te gusta y a mi no.
-...¡!

Se mosquea conmigo y encima como está a dieta tomando unos productos franceses de Diet Avenue que saben a viruta de aglomerado le resulta más complicado motivarse con un Sángano a la vera dando por culo –como diria la prima Karynita. Necesita algo que la relaje. Hacer deporte. Estirar las neuronas. Quemar calorías. Algo. ¡Sácame de aquí!

-¿Vamos a dar una vueltita kurrununi? –propongo como un animador de hotel en Benidorm.
-Vale –ahora responde vale. Es una expresión castellana. ¿Vamos hacia el Torreón?
-Podemos ir por el paseo de madera y cuando se acaba seguir por la arena. ¿Me pongo el sombrero?
-Si ya no hay sol y prácticamente es de noche. Como quieras.
-Es que así sé que estoy de vacaciones. Me siento turista en mi ciudad –sigo valorando mi casa como un lugar exótico. Alain me enseña y yo aprendo.

Con el capuchón calado y para que los transeuntes no crean que Verito pasea con un velador a medialuz agarrada tirando del enchufe, levanto el ala de la parte trasera y ahora parezco más un Tirolés. Salimos en dirección norte y conversamos sobre el paso fugaz del tiempo. La rapidez con que el verano está cabalgando sus horas en el calendario y ha rebasado el espacio delimitado, tachando las fechas una detrás de otra con rotulador rojo. Hablamos del presente, de vivir el momento sin echar la mirada del revés, sin volver la vista demasiado al frente esperando descubrir eldorado en la quimera de la nada, para destapar el papel brillante que envuelve un regalo de humo, escondiendo una simple caja vacía de cartón y sueños erráticos. Quiero borrar esos pensamientos de mi mente. Son piedras en el camino que vuelven mi carácter de por sí arrimado a la melancolía más nostálgico, pesado, huraño, triste. Son imágenes inútiles, inalcanzables, falseadas por la irrealidad de los recuerdos.

La certeza está en el instante. En ese punto tangible y vivo. La vida real está concentrada en el tacto terciopelo de la yema de tus dedos palpando un pedazo de piel de seda: en el aroma intenso de dulce perfume que sumerge todo un océano, estallando en tu pituitaria con la explosión nocturna de un Galán de Noche; en el sabor concentrado de una lengua caliente y extraña chocando con la saliva salada de tu propia boca; en el tañido vibrante de un instrumento afinado interpretando una melodía armónica en el interior de tu cerebro; en el brillo inmenso de un muro encalado flirteando con la luz cenital en un domingo cualquiera de agosto.

Pasamos caminando al ritmo lento de la marea que marca el descenso de la luz en una noche sin luna, descalzos sobre la tarima armada con gruesas traviesas de pino hasta llegar a la Escuela de Vela, donde la madera deja paso a la arena fina y tibia. Llegamos hasta la playa del Torreón disfrutando de una noche estrellada, clara, adornada con las centelleantes lentejuelas que jalonan el perfil horizontal, indicando entre las sombras azuladas la línea serpenteante de nuestro sendero. En lo alto, las luces amainadas de los apartamentos trazan siluetas encendidas en los balcones, dejando pasar las voces que suben escondidas escampándose desde recónditos setos hasta perderse en la inmensidad oscura tapadas por el constante sonido de las olas.

Llegamos a casa cansados del viaje. Cenamos y Verito se quedó dormida viendo Heights –En la cumbre. Ella si que está siempre en la cumbre. Aguantando como una reina. Quizás consiga algún dia ver una película de cabo a rabo. Cuando se baje.

jueves, agosto 17, 2006

La ventana indispuesta

En estos dos últimos días el viento de suroeste ha montado en cólera arañando todas las superfícies a la vista, encorvando palmeras y rasgando toldos. Ayer creció a primeras horas de la tarde después de una apacible mañana, encrestando el mar con ráfagas que superaban los cuarenta nudos de fuerza, bufando indómito hasta que decayó la luz del sol, con las primeras estrellas de la Osa Mayor emergiendo en el horizonte. Retiré las tumbonas y algunos cachivaches de la terraza que volaban sin control de una parte a otra empujados por las rachas afiladas que cruzaban a esta altura. Temía fueran a caer sobre la cabeza de alguno de mis amables vecinos partiéndole la crisma como un melón. En el ángulo de la casa que delimita las vertientes sudeste y sudoeste confluían las corrientes en un torrente de aire cálido y seco, polvoriento, variando el rumbo hacía la sierra, no acierto a saber por qué motivo. Yo jugaba tendido en el suelo disfrutando del chorro a presión que golpeaba mi piel desnuda intentando arrancar los elásticos shorts negros de Verito que llevaba puestos. Recordé la sensación de navegar agazapado en la bañera de mi barco, protegido por el tambucho mientras orzaba buscando el infinito índigo. Era el mismo empuje que notaba cuando sentado sobre la moto, conduciendo por alguna carretera ebrio de placer, levantaba la visera del casco para dejar paso al invisible éter.

Esta mañana amaneció el cielo cubierto de luz cenicienta y con el Garbí arreciando inclemente. Si ayer vi abalanzarse una silla roja empujada por una mano fantasmal sobre el hierro forjado de la baranda, hoy, mientras leía acurrucado en el sofá observaba atónito como la mesa verde olivo pasaba delante de mis ojos hacia un destino ciertamente incierto. Llovió poco, cuatro escasas gotas, lo suficiente para ensuciar de barro los dos grandes ventanales del comedor. Supongo que el resto de cristales habrán corrido la misma suerte y tendré que arremangarme y limpiar. Es lo que tiene vivir en esta zona. Mucho calor, hermosa vista de nívea luz mediterránea pero cuando se decide a humedecer la naturaleza lo hace con polvo, será para contrarrestar. Quid pro quo.

De todas formas, tampoco le daremos demasiada importancia, que ha vuelto a renacer el sol con su esplendor acostumbrado alumbrando y deslumbrando en esta caída de la tarde fresca, de mármol y zafiro.

El tiempo impredecible sumado a la pereza, o tal vez a la cómoda posición que mantenía refugiado en el castillo de mi casa, refrenó las ganas de bajar a ver Superman en la playa dels Terrers anoche. Nos quedamos viendo Cars, la espléndida película de Pixar –Disney- que me dejó francamente impresionado. Alucino comprobando como evoluciona el mundo de la animación, luces, texturas, materiales, independientemente de la calidad de los guiones y de la dirección. Ese Lasseter es un genio que sabe rodearse de gente buena. Repetiré.

También acabé la lectura de La Mujer del Viajero en el Tiempo de una desconocida para mi Audrey Niffenegger. Compré el libro sin referencias, directamente porque me gustó el título y la sinopsis. Comencé a leerlo después del Ulises y estuve en un tris de dejarlo y pasarme a otro asunto cuando llevaba muy pocas páginas, pero persistí hasta que acabé con él.

También estoy bricolageando por mi chapuza-vivienda, fruto de la chapuza-reforma de los antiguos propietarios G&G de Toledo. La energía eléctrica en nuestra galería no funciona porque se quemó una clavija. Al abrirla dentro tenía una banda elástica fundida y los cables ennegrecidos con el recubrimiento plástico deshecho y socarrado. Estamos buscando un modelo similar y no encontramos porque instaló en toda la casa el modelo viejo que no lleva toma de tierra. Más tarde me dediqué a desvencijar una de las puertas de los ventanales del salón porque presentaba el cristal desencajado. Había recolocado los tornillos que sujetan las escuadras del marco por fuera de la hembra, reemplazandola con un grumo de silicona blanca. De todas formas son puertas raras. Las puedes quitar pero luego no quieren entrar. Necesitamos un manual de como-colocar-una-puerta-en-su-sitio. Para averiguar como se colocaba el burlete de caucho en la junta estuve dos horas, metiendo y cayendo y volviendo a meter. Lo encajaba por un extremo y cuando llegaba a la mitad del recorrido ya tenía fuera lo anterior. Hasta que descubrí el secreto.
Cuando llegó Verito encastramos a base de golpes esa lama rebelde.

-¿Cómo la sacaste? Esto es imposible. Aquí no entra.
-Si. No ves que está fuera. Tú dale fuerte que la metemos.

miércoles, agosto 16, 2006

Barrilito de Cerveza

Con Xavito llevamos un ranking de temas que nos hacen discutir, y al cerrar la estadística los cómputos nos dicen que el tema dinero es el mayor enemigo a la hora de la tertulia en la familia vaguitos.

Inesperadamente nos surgen problemas de adultos, de esos que siempre vimos resolver a nuestros padres con adultez y alguna que otra rencilla.

Ahora nos tocó a nosotros. Hemos detectado alguna que otra anomalía en nuestra nueva casa, soluciones a la mejor manera “lo atamo con alambre”, que poco a poco van saliendo a la luz. Nosotros queremos dejarlo bien, pero eso conlleva una serie de gastos que debemos asumir sin decir ni pío. La cuestión es que todo gasto es un posible ahorro si no lo hacemos.

Yo, que soy una gastadora compulsiva, cachivache que veo me lo quiero llevar a casa, entonces voy comprando cosas por ahí, todo útil por supuesto, y llego a casa con la sonrisa de oreja a oreja hasta que me topo con el cacique ahorrus cruzado de brazos y palmeando la planta del pié contra el suelo preguntándome para que demonios sirve el artilugio nuevo. Generalmente encuentro respuestas, y al final termina jugando más él que yo, tal es el caso del ordenador portátil que competía con su flamante y blanco Mac, manzanita que terminó por dejar dentro de un cajón de casa.

El último ejemplo para afianzar mi teoría, es mi reciente buena compra. El finde pasado ha llegado de Palma el hermano de Xavito, Juanito, junto a sus dos nenas, dejando a su mami en casa pintando y llorando a moco tendido. Esto viene a cuento porque junto con los tres Palmeritos vinieron los demás hermanos, sobrinos y cuñados a festejar esa navidad que en diciembre se queda a medias, en nuestra veraniega terraza, parecía la navidad de Buenos Aires, con treinta y cinco grados de calor y comiendo turrones. Una maravilla.

Con tanta gente en casa, es normal salir a hacer una compra al súper para rebozar alacenas y dejar pipones a los comensales, que no falte nada, que se vayan con la panza llena y el corazón contento, o mejor dicho con un poco más de colesterol. En fin, agarre mi C2, tiré los asientos para adelante, a modo furgonetita y me fui a Mercadona. Me surtí de todo lo posible y de pronto veo que en una de las góndolas, un artilugio color esmeralda y plata me llama, hace tiempo que lo tenía visto y no se presentaba la ocasión. Mira tú por donde me sale esta oportunidad de llevar a casa el barrilito de Heineken que tira las cañas (chopp) como ninguno. Llamo a Xavito para pedirle que cuando llegue a casa baje alguien para ayudarme a subir sacos de material alimenticio y de paso le comento lo del barril. Mare meua o mamma mía, el oyente telefónico; para resumir su comentario, diré que le pareció una idea de merda,

- ¿para qué un barril de cinco litros si yo compré seis latas?

- ¿SEIS LATAS?

No se rían blogueros de la inocencia de mi purrete, que él lo decía con toda la convicción, con media docena haríamos el reparto de los panes y los peces para quince personas, pero les prometo que él estaba con todas las de la ley, seguro de sí mismo.

Duró este convencimiento hasta que tuvo al barrilito frente a él. La comitiva Portalés, Xavito, con Barres, el primo, y Rubén, el hermanito menor al frente de la misión “Destapando Cerveza”, vaso tras vaso, intercalando aceitunas partidas y papas García. El inservible barril minuto a minuto iba bajando de peso, como yo, vale decir que he bajado cuatro kilos ya, y en un momento el barril cantaba su vaciamiento y hacía eco.

- Verito, que bueno está el barrilito Decía Xavito con voz alegre,
- ¿has comprado sólo uno??
- Sí Kurrununi, ¿para qué más, si aún nos quedan seis latas?

En fin, ahora voy en búsqueda de los estores rojos, a ver si pasa lo mismo que con la cerveza. Ya les contaré como va la compra.

martes, agosto 15, 2006

La mesa camilla y el mecánico feroz

Encontré a Verito la mañana del día de San Roque y de la Virgen María, fiesta nacional, tendida en el salón debajo de la anciana mesa camilla que heredamos con la casa. Parecía un mecánico de camiones repasando el palier suelto de un Iveco. En la mano buena tenía agarrada una enorme llave inglesa Irimo de dieciseis pulgadas. Acurrucada como en el foso de un taller de polígono, le estaba propinando una tremenda paliza a la desencajada obra de arte modernista. Era la pieza catalogada con el número sesenta y cuatro de la colección muebles cojos donada por la fundación G&G de Toledo, ubicada en una esquina del Museo Etnológico que tenemos organizado aquí arriba.

–¿Que hacés ahí? –pregunté intrigado.
–Estoy descuartizando la mesa para poder bajarla al contenedor más fácilmente. Así tambien cabe por el pasillo.
–Ah. ¿Y si le dieras la vuelta no desenroscarías con menor esfuerzo las patas? –le aconsejé a la vez que me recostaba en el sofá para verla de más cerca.
–Es que me gusta al estilo técnico del Paris-Dakar. Ya sabés –respondió con la pesada herramienta a punto de abrirle un boquete en la cabeza empujada por la fuerza de la gravedad.

Lo pensó mejor y con mi ayuda la colocamos boca abajo, con el tablero sobre el suelo y las tuercas a la vista. Como una tortuga derrotada. En dos minutos la tuvo desguazada y lista para el transporte. Plegando la chapa laminada se la puso debajo del brazo como si llevara una cartera con documentos, recogió los soportes con la otra mano y desapareció por el pasillo. A los veinte segundos estaba de vuelta. Un cohete.

–¿Puedo quitar estas cortinas horribles amarillas y azules? –seguía incansable con la depredación del salón. –Es que son tan feas y ocupan tanto espacio. Podemos poner unos estores. Rojos. Mis amigas ven el video de la casa y no hacen ningún comentario. Eso es que no les gusta la decoración.
–Por mí las puedes quemar ahora mismo. Pero yo no las veo tan poco adecuadas. Además me tapan de la vista vecinal y duermo la siesta al abrigo de las miradas curiosas.
–Si duermes con la webcam conectada y te ve medio planeta en plano corto.
–Pero no son los vecinos de al lado. Que son del puturrú y del Pe-Pé y me expulsarán de la comunidad. Estos no tienen internet ni ven las páginas porno ni nada.
–Estos son los peores.

Encaramada sobre la silla azul arrancó una, dos, tres y cuatro grandes trozos de tela dejando la pared desnuda, con el doble de luz y un espacio multiplicado. El eco respondía nuestras propias palabras. Me gustaba ver de ese modo el nuevo Palacio de los Deportes, donde quedaban los railes de aluminio como único testimonio de lo antiguo. No hay resquicio para el llanto ni la nostalgia. Estamos en el periodo del cambio. Nada perdura. Todo es un baile constante, un espectáculo de movilidad y novedades sin límite. Bienvenida la diferencia. Atrevámonos. Arriesguemos. Venceremos.

Metió las cortinas en una gran bolsa de basura negra y dirigiendo de nuevo sus ojos carbón hacia las sillas, decidida y valiente se dispuso a eliminar este penúltimo resíduo del pasado. No pude hacer otra cosa esta vez que incorporar mi cuerpo agotado desde el privilegiado lugar de descanso que ocupaba y apoyar esta nueva acción sorpresa. A la voz de sillas a tomar por el culo, trasladamos en fila india por el pasillo las cuatro unidades que todavía permanecían en activo y las depositamos en el cuarto que da a la puerta de entrada, en posición de salida hacia el vertedero incontrolado. Las otras dos ya llevan varias semanas apretadas en el interior de un armario empotrado esperando su triste final.

–¡Ostia! ¡Esta habitación parece el velatorio de un muerto! –las cuatro sillas mirando la cama.
–Yo había pensado lo mismo. Pero no hay otra forma decente de colocarlas. En los armarios ya no caben y al comedor no vuelven.
–Ni pensarlo. Que sigan recitando responsos hasta que llegue su hora.

No contenta con esto la detuve cuando se disponía a sacar por la puerta el sofá a cuadros amarillos y azules que hacía juego con las cortinas defenestradas.

–Esto no liga con este nuevo ambiente – espetó Veritoxina la diseñadora asesina. –Aquí pega uno rojo o uno negro.
–Eh! Negro no, que lo llenaré de mierda con los pies. Tiene que se de batalla, como este –argumenté sin mucha convicción ante el miedo que tirara por la ventana mi sofá de dormir la siesta preferido.
–No te preocupes por eso. Sería de cuerito y se limpia con un trapo. Eso no es un impedimento –me contestó ufana y segura de si misma. –Ademas será de dos plazas, más pequeño que este, que a mi me parece un armatoste gigantesco.
–Pero así no podré estirarme a lo largo y dormitar a pierna suelta con alegría –Ya me veía perdido.
–Xavito, es de dos plazas de esos que se prolongan por los pies y cabes perfectamente. Como el de tu amigo Jovi. –El final estaba próximo y la derrota a un paso.
­–Pero eso vale mucho dinero y no podemos. Rondará los dos mil euros y no tenemos un clavo. Hay que ahorrar primero. –Último argumento del que se sabe perdedor.
–Está bien –¡claudicó! –pero entraré en gúgel a buscar precios. Ya veremos.

Ahora tenemos un salón grande y con eco, igual que un valle suizo de los Alpes. Muy bien. Hacia las once mi madre llamó por teléfono para invitarnos a comer una paella en casa de mi hermana, en la playa de Nules, con toda la familia reunida. Hemos tomado el baño entre olas frescas y alborotadas. A las tres mi cuñado Rober preparó un soberbio arroz con kilo y medio de grano, pollo, conejo y verduras, acompañados por unos tomates de simiente especial que produce unos preciosos especímenes entre verde, rojo y negro, del color de las berenjenas y con el sabor de los antiguos tomates valencianos. Esas raras semillas se las dió Nacho, el hijo de una amiga suya que acaba de entrar de bombero en el Cuerpo de Castellón.

Estuvimos después charlando con mi hermano Rubén que se larga mañana una semana a Menorca con su amigo el Berna a casa de Ampa, su nómada hermana. Supongo que se hincharán de porros y cerveza. Algún día volará como una paloma torcaz de tanto canuto. Mi hermano Nacho también se va hacia el norte con Mayte su novia, y mi madre viaja hacia las Highlands escocesas el dieciocho con mi primo Barres y el grupo de senderistas. El jamón se lo lleva de casa.

Juan, mi otro hermano y nosotros nos quedamos en el Pedro, tomando un café con hielo y hablamos de reconstruir el apartamento de Benicassim. Ya tenemos hecho el proyecto y prácticamente dejaríamos solo el hueco. El aire entre los muros. En la imaginación no cabían ni las paredes. Baño, terraza, solado, cocina, habitaciones, instalación. Todo fuera. Pero de momento aguantamos con lo que hay. Debemos demasiada pasta al banco. A ver si podemos ahorrar un poco y dentro de unos años podemos reformar la casa. Ahora tenemos la ilusión y las vistas que ya está bien. Mañana más.

Queríamos ver una pelicula esta noche de fiesta y fuegos artificiales pero Santa Eliminadora se ha quedado derretida sobre la tumbona aquí a mi lado. Está extenuada, como en éxtasis. Es que no para. Seguramente estará lanzando muebles y derribando paredes con una maza gigante como Thor el vikingo, entre sueños. No sé si arrancarla de este trance tan divino en que se encuentra sumergida. Había empezado a leer La Sombra del Viento y no me ha resistido ni un asalto.

Estos mecánicos.

lunes, agosto 14, 2006

La Cena de Navidad

Ha sido un fin de semana ajetreado. Anoche quedé pegado sobre la tumbona de la terraza, incapaz de articular una sola frase coherente. Un millón de toneladas presionaban mi cuerpo impidiendo cualquier movimiento. Al final cerré los ojos intentando relajar los músculos y practicando un mantra interior a modo de letanía, a ver si lograba estabilizar mis funciones vitales. La temperatura era agradable y reinaba la calma después de un largo domingo de agosto. Ninguna estrella fugaz, nada de líneas ni de trayectorias blancas en el firmamento. Las Perseidas no bajaron por Benicassim. Aqui no cae lluvia de ninguna clase. Estamos secos, agotados y listos para dormir. Dejé a Verito jugando a no se qué y me largué con destino la cama. No recuerdo nada más. Sé que estaba fresca y que me derramé sobre el colchón, boca abajo. Y se bajó el telón.

Esta mañana me he despertado con Verito, a las seis, dolorido y viejo. Seguía cansado hasta tal punto que cuando se marchó hacia el trabajo no he conseguido preparar el desayuno como siempre, y derrumbado sobre el sofá me he vuelto a quedar profundamente dormido.

Una llamada de teléfono pasadas las diez de la mañana interrumpió un sueño desquiciado que me tenía atrapado sin remedio. Andaba errante con mi socio Pepe, visitando clientes y atendiendo asuntos relacionados con mi empresa de una forma nefasta, negativa. Todo eran pérdidas y malas relaciones, una catástrofe detras de otra. Estaba hundiendo el negocio con mis estúpidas actuaciones. No podía redireccionar las cosas y había perdido el control sobre mi conciencia. Aparecieron también mis antiguos jefes y compañeros en una época posterior, José Luis y Jesús junto a algunas personas que a estas alturas no recuerdo con excactitud. Formaron una especie de rebelión acusándome de ganar más sueldo que ellos cuando llevábamos el mismo tiempo trabajando. Lo estaba pasando realmente mal. Recuerdo también que había una chica en la que estaba interesado. Quería hacer el amor, acercarme, tocarla; en el sueño parecía fácil, pero parece que mi mente navegaba con el viento de frente. No sé quién era. No conseguí establecer contacto.

Verito me rescató con el oportuno timbre de La Manta al Coll en mi celular. Me pude levantar y desayuné un café con leche. Seguía con la mente turbia y el cuerpo alterado. Leí hasta terminar el libro de Vidal y sobre la una de la tarde me acerqué a Castellón para comprar un juego de cuerdas para mi guitarra que ya sonaba como una pandereta. El caso es que rompí la que tenía remendada con nudos marineros. En Portolés adquirí dos juegos por doce euros. Después pasé por el Mercadona de Benicassim a comprar agua y cuatro cosas que hacían falta y aquello parecía la jungla. Nunca ví nada igual. Los ricos también se ostian por un paquete de patatas y una lata de berberechos.

Y es que este fin de semana hemos tenido en casa a la familia. Mi madre organizó esta reunión, la Cena de Navidad como ella le llama, con estrena incluída, porque mi hermano Juan, que vive en Palma no puede venir en esas fechas. Se sumó el sábado por la noche mi primo Barres, que también aprovechó la visita para saludarlo.

Una marabunta, que han acabado con todo. Hasta un bidón de cinco litros de Heineken que entre mi hermano Rubén y yo, mano a mano vaciamos antes del arroz de gambas y atún del domingo. Y con toda la gente, las niñas, los niños, las abuelas, los padres y los tíos hemos hecho la fiesta. Esto seguramente es lo que me ha provocado este bajón. Estoy poco acostumbrado a las aglomeraciones. Eso dice Verito que me ha diagnosticado nervios del anfitrión, de cura rápida y sin complicaciones. En chocovideos hemos colgado algunos momentos estelares.

Esta noche prepararemos algo de cena ahora que estamos fresquitos después del baño en la cala y la ducha aquí –con champú y agua caliente- y veremos con la pantalla del portátil y el mar detrás Match Point de Woody Allen que está terminando de bajarse con el Pando. Eso si no acabamos como siempre durmiéndonos a los cinco minutos.

viernes, agosto 11, 2006

¡Acabé el Ulises! -en castellano-

Terminé Ulises de Joyce. Estoy agotado, afectado, herniado, maravillado, bloqueado, turbado. Unos dicen que nadie termina el libro y que otros muchos se vanaglorian de haberlo hecho. Nunca tuve esta sensación al concluir una lectura. Con ansiedad busco en internet comentarios relacionados con él. Encuentro múltiples artículos ensalzando, acusando o lo que sea al autor y a su obra cumbre, esta que acabo de vivir y el Finnegans wake, que se entiende aun menos. Leo en muchos artículos sobre este monumental proyecto, que tiene una traducción imposible porque está muy pegada a la lengua inglesa, siendo difícil respetar el sentido original del escritor, la músicalidad, los juegos de palabras, la riqueza original del idioma. Con todo esto sabido de antemano, he necesitado un diccionario ilustrado y la ayuda de internet para descifrar términos, palabras y conceptos que escapaban a mi comprensión. Eso sin contar la de párrafos que han huído ante mis ojos nublados por pensamientos lejanos, citas y referencias a terceros que he pasado por alto sin enterarme de su significado. Despistes y cansancio.

Pero con esto he disfrutado quince días de un viaje absolutamente fantástico por Dublín. Puedo afirmar que este hombre con su personalidad trasladada al papel me ha hecho sentir a gusto. He compartido con él su pensamiento, he participado de su ideología, de su forma de entender la vida. Me he visto pequeño, minúsculo y a la vez grande porque ha sabido desde la distancia como hacerme jugar al escondite buscando entre líneas, ejercitando mi curiosidad más infantil; ha hecho que me interese por aprender de su inmensa riqueza, de su erudita humanidad. Me ha hecho pensar, más de lo que ya habitualmente hago. Estoy cavilando aún. La humareda se ve desde Vinaroz.

Tardó siete años en escribir esta maldita novela monstruo, como él la definía. Yo he tardado dos semanas en pegarle un repaso, y puedo afirmar que algunos pasajes los he leído dos veces, y que parte de otros eran chino, sin saber exactamente dónde estaba el hilo y el cabezal. Y eso que tenía un magnífico prólogo que me relataba con exactitud el desarrollo de toda la acción. Una traducción de la traducción. He rellenado algunas páginas de la libreta amarilla con palabras y frases cuyo significado me era desconocido. Al final admito que he dejado por apuntar bastantes de ellas y otra lista con términos incomprensibles –para mi- por buscar en el diccionario. Eso lo he aparcado para una segunda lectura o para cuando me apetezca descubrir y me pique la curiosidad.

Quería darme un día de descanso para digerir toda esta cantidad de información y saborear la victoria épica que ha supuesto para mi terminar este gran volumen, pero ya estoy metido con otro ejemplar. Esta vez elegí de mi biblioteca uno más ligero, Duluth de Gore Vidal, cuyo nombre me trae a la memoria a un crujeboñigas de primera, Cesar Vidal.

Nada más. Sigue el sol, mi playa, mis comilonas y mis siestas. Por cierto, como Verito está dietante, este mediodía me he preparado toda una bandeja de pollo de Uvesa compradas el otro día en el Caprabo del Eurosol; 0,439 gramos a 6,20 euros el kilogramo son 2,72 euros de ave, frita en aceite virgen de oliva, unos ajos y con un pimiento de guarnición. Ha caído completo. Claro, después me ha quedado inconsciente por espacio de dos horas, muerto en el sofá. Bueno la razón es que no quiero que vea estos banquetes pantagruélicos y así a la noche cuatro galletas de Stylesse con sabor a cero. Porque el cero sabe a cero.

Tambien tengo que contar que se ha marchado Nacho, del cual era yo el juguete. Se marcha a Barcelona con su madre. Aún no sé si el padre está con ellos, porque la gente guarda las cosas celosamente –para mi entender incomprensiblemente- y no me atrevo a preguntar. Dejará tranquilos a sus abuelos que se dedican todo el día a cuidarlo.

Me parece que mañana vendrá mi hermano Juan a casa, con mis sobrinas, pero no estoy seguro del todo. Mi madre me llamó por teléfono hace una semana para explicarme el desarrollo de la visita y tal y el asunto este, pero tengo memoria de chorlito y acabo mezclando los términos, los tiempos y las personas. Ya veremos. Tengo a Dixie excitada y ha comprado juegos de sábanas para las camas que están solamente con la tela encima haciendo juego con las cortinas –regalo del Paapa el sudao y la Sole la dolorosa- y quiere moverlas de habitación. Y pretende hacerlo esta misma tarde. Así que ya puedo prepararme y arrear, que con el bochorno y la solana me puedo derretir. Y no tenemos agua potable en casa. Me parece que iré a tomar el baño.

jueves, agosto 10, 2006

Mantequilla en la cabeza

Venimos de la playa. Tomamos el baño bien entrado el crepúsculo hasta que se ha cerrado la noche sobre nuestra ciudad. El agua estaba deliciosa, calmada; la superficie era de mercurio, un fluido denso que reflejaba las luces recientes de las edificaciones costeras. Arriba fijas figuras cuadradas de múltiples tamaños, amarillo, oro y blanco; abajo una procesión interminable de lentejuelas brillantes con destellos entrecortados atravesando el ramaje apagado de los grandes eucaliptus del paseo, alternados con puntos estáticos a intervalos regulares de farolas.

Agazapados entre olas suaves escuchamos el silencio que emite el ligero vaiven de nuestros propios cuerpos en el mar. Desde esa perspectiva la realidad se disuelve y todo se torna relativo. Estás en el interior del útero primordial oyendo el rumor apagado de tu sangre circulando, el abrazo opaco de la materia tibia. La nada y el todo.

Desde el interior de la escollera de Els Terrers observamos un mundo distinto, un encuadre de postal, una fotografía para enviar de recuerdo a la otra parte del planeta. Estamos solos dentro de la cala. Sobre el muro un grupo de pescadores tienen las cañas clavadas sobre la roca esperando la resurección. En la orilla dos parejas ríen mientras preparan la cena en la penumbra. Un hombre fumando con un perro diminuto de raza indefinida pasean cerca.

Anoche me dormí sentado viendo el cine sobre la arena. El film La Gran Final no tenía demasiado fundamento. Pero lo que importaba era disfrutar del cálido ambiente de verano, con unos bocadillos jugando a ver una película de salitre y brisa fresca. Marcial, Conchín, Lledó, Verito junto a una gran cantidad de vecinos que silla plegable en mano asistieron al pase. El miércoles otra vez. Superman. Allí estarémos.

Esta tarde han estado en casa mi amigo Tonico y Jovi, y me han levantado de la siesta. Jovi con su nueva guitarra acústica Ibanez de cuatrocientos euros, pero tengo que decir que ha costado cien, porque si se entera Rebeca lo echa de casa sin contemplaciones. Es un instrumento precioso, negro, con controles de sonido y afinador incluído. Suena fantástico. Tendría que regalarme uno, pero lo primero que tengo que hacer es cambiarle las cuerdas a la mía y si tuviese un poco de conocimiento, llevarla al luthier para que le arregle el alma y repase las piezas desgastadas.

Tonico acaba de llegar de Rumanía donde a estado pasando sus vacaciones y visitando a los suegros. Hemos estado jugando con la webcam y él, que es un poco tímido, tenía algunos reparos en aparecer descamisado mostrando panza y ombligo, como el resto. Le contamos que muchos entran a husmear y escudriñan lo que hacemos y que a mi no me importa en absoluto que me vean en la casa. Le digo que enseñamos los pies y que hay mucha gente que se mata a pajas con la visión de las pezuñas negras de andar todo el día descalzos pisando fuerte. Son así, que les vamos a hacer. Cada uno tiene sus cositas. A uno le gusta el culo, a otro la rodilla, a otro otra parte del cuerpo. Hay libertad en eso. De todos modos no mostramos nada que pueda ser susceptible de censura, porque entre otras consideraciones, los que gestionan la página no permiten que así suceda. Pero resulta divertido –para nosotros-. Muchas personas no lo ven así. Respeto.

Por cierto, hace un momento me acabo de lavar con jabón la cabeza y demás apéndices corporales. Magnífico perfume. Si señor. Huelo como un kiwi. Que conste que he sido presionado sicológicamente por Dixie la dietas.

-Xavito. Hoy con jabónsito. ¿Vale? Que te paso la mano por el pelo y se queda untada como una tostada.
-¿Pero huele o qué?
-No lo sé.
-Ostia! Romperé mi promesa. No tengo palabra.

miércoles, agosto 09, 2006

Cine de verano

El viento amenazaba con arrancar de cuajo toldos y cortinas para dejar el exterior de mi casa limpio como una patena. Retiré las colchonetas, amarré bien las lonas y cerré las ventanas ante el riesgo de tormenta que se ceñía sobre mi cabeza. La imagen de las telas volando alrededor es deliciosamente excitante. Traslada la memoria hacia recónditos lugares fantásticos, cargados de magia, bajo los efectos lumínicos de unos aparatosos rayos eléctricos internándose en la oscura profundidad del mar. No cayó ni una gota; se dispersó el vendaval calladamente, acompasando el sueño turbio hasta perderse fundido en el interior caliente de mi memoria dormida.

Ayer a la tarde no bajamos a la playa porque Verito vino cansada del trabajo y no tenía ganas de nadar. Nos quedamos aquí arriba bajando canciones en la mula.

Esta mañana al despertar he preparado el primer café con caldo de pollo de mi vida con azúcar moreno. Supongo que no seré el único individuo del planeta en juntar estas materias para un desayuno. El sabor no lo puedo describir porque tiré el cóctel por el sumidero al percatarme del error en la elección del tetrabrick. Uno en vez de otro. Plim plan y adentro. Gluck gluck. Ostia! Esto no es leche. Pero ya estaba el daño hecho. El olor raro pero fácil de describir. Café con caldo de pollo. Olía a café y olia a caldo de pollo. No era del todo desagradable, que igual inventaba un producto nuevo para llenar góndolas en Mercadona. Ahí terminó mi carrera de químico.

Esta mañana en la playa, cuando salía por la pasarela de madera en dirección al Caprabo, veo una chica que se abalanza sobre mí. Como llevo el sombreno nuevo calado hasta las pestañas, mi vista alcanza un par de pasos de distancia; más allá es terra indómita y bruma. Todo blanco.

-¡Hola Xavi!
-¡Hola Anita!

Era Anita, la xiqueta de Betxí, mi compañera de trabajo, que se encontraba en la playa con dos amigos de Zaragoza y me contó que los tenía invitados en casa estos días. Me dijo también que ya está habitando en su nuevo apartamento y le gusta esta vida independiente. Me alegré mucho de verla y he estado un ratito charlando con ella. Después compré algunas viandas y prepararemos unos bocatas para esta noche, que bajaremos a ver el cine ahí bajo sobre la arena en els Terrers.

Ahora tenemos en casa a Conchín, Marcial, Verito y yo, tomando unas cervecitas antes de bajar a ver la peli.

martes, agosto 08, 2006

La pelusa del Rocco

Dos calientes ruedas del telepizza, una Barbacoa con salsa dulce y otra tremenda de Queso, sin maquillajes. Una pareja de potentes bombas grasientas, suficiente para calmar el ansia de un regimiento. Ese menú es el que se trajo Conchín anoche para cenar en la terraza y de paso tertuliear sobre el amor furtivo, la soledad acechante y los amigos interesados. Con un par de cervezas cada uno -Nestea para la Porte- y la luna cada día más enorme decorando este gran salón, repasamos vivencias comunes. Quedamos en vernos de nuevo el miércoles para la película en la playa, con bolso nevera, bocadillo y bebidas.

Mi vida en estas dos últimas semanas es una sucesión relajante de placeres. A veces incluso me siento un poco culpable de estar tan a gusto tocándome-los de una forma tan sublime, inverecunda y deshinibida. El asunto es que ya llevo así va para tres meses que igual voy a caer enfermo de disfrutitis caseriliana. Soy como el colmo del buen vividor. Por ejemplo esta mañana he caído en la cuenta al salir a la galería para echar al cubo de la basura un hueso de melocotón, que en la lavadora solo tenía una miserable y solitaria camisa de rayas de la Dixie esperando que alguien se hiciera cargo de su estado. Claro, la he visto tan así, que he buscado alguna pieza que le hiciera compañía y ahí que tiré un pantaloncito corto con vida propia. El método es oler como un sabueso la prenda. Esta si, esta no. Ahora hay dos testimonios rezando en la capilla que recuerda la ventana con forma de ojo de buey de una nave espacial. El cosmonauta Gagarinplac junto al astronauta Collinsculote. Claro, en estas semanas solo calzo bañadores que voy alternando; uno lo mojo, otro lo tiendo; vengo chorreando, descuelgo el seco y pongo el otro. Así hasta el infinito. Nada más. Que no los pienso lavar en todo el mes. Agua del mar cinco horas al día y dos duchas a base de líquido reciclado es suficiente. A mi me pasa igual. Mismo tratamiento de la tela. Adentro y afuera. Empapado y centrifugado. Y no me pica ni el mosquito que se come a la Micifuz, que segun cuentan las malas lenguas, está pasando las vacaciones en nuestra casa. Sin jabón. Estoy como en una isla desierta, a expensas de lo que el mar escupa. Y algunas comodidades extra que tuve la precaución de arramblar cuando me destinaron en esta perdida torre. Lo más alejado que estuve de mi refugio paradisíaco fue cuando marché atravesando el desierto para conseguir la tumbona. Y costó dios y ayuda prepararme mentalmente, coger el coche y pisar civilización.

En este faro nunca me aburro. Fuera de él tampoco, que con un palito y dos piedras organizo una función teatral. Siempre tuve esa habilidad desde pequeño. Realmente todos la tenemos pero a la mayoría se les desgasta con los años y pierden el don. Se hacen mayores y dejan de jugar. Yo aun sigo viendo abruptas cumbres y valles umbrios entre los pliegues de un trapo arrugado y héroes voladores luchando en el tapón de una crema depilatoria o en el mango del cepillo.

Durante estos días alciónicos me levanto con el sol para resetear al amigo de Don Gato y empujarla para el Grau –El otro día estuvo sonando el despertador más de un cuarto de hora, hasta que en mi sueño apareció una chica sentada con unos cascos escuchando música y desperté sobresaltado y confuso-. Preparo el desayuno y tomo café mirando el mar, luego me tiendo en la reposera de la terraza con deseo de seguir la lectura, escribo, bajo a nadar hasta la hora de comer; abro algun libro o directamente duermo la siesta sobre cualquier yacija, o como ayer veo una película en la computadora. Hacia las siete viene Gumersinda y vamos paseando a tomar el baño de tarde, hasta que difumina la luz; preparamos la cena; al final, agotados de tanto movimiento caemos rendidos. Bueno a lo mejor si la cosa da de sí aun tenemos justo para darnos un buen revolcón en el tiempo de descuento ¡y el árbitro con el pito en la boca!

Mi actividad se reduce a calar y escalar las escaleras de casa, jugar con Nacho, el hijo de la farmacéutica que me tiene entretenido durante las horas de playa y defecar. Él me busca en cuanto ve asomarse el jipijapa por las piedras y somete mi cuerpo renqueante a ejercicios diversos; le vuelve loco el trampolín viviente.

-Xavi. Ahora doble vuelta de campana con bomba hacia adelante.
-La última esta. Después haces el muerto que ya te sale perfecto.

Será por eso que mi pancita incrementa su diámetro. Precisamente ayer vino Verito con dos regalos. Subió a casa un emepetres de giga que ya se lo ha llevado al trabajo cargado de temas nuevos y una báscula para el cuarto de aseo. La dejó preparada pero no pudo hacerla funcionar, con el encargo de que yo, el brico de oro le diese avío. Esta mañana la he llevado al baño a rezar el santo rosario, y sentado, entre letanías, tranquilamente repasé el cuestionario. Estaba todo correcto y solo he tenido que darle una patadita, como en las comedias y ha funcionado. Ahora está en el suelo del aseo, con su lindo diseño de cristal esperando que alguién lo monte y le dará su merecido castigo en forma de número. Ya le dije que no pienso pesarme ni cuando esté a solas –como ahora- que igual me puedo deprimir. No es muy buena idea eso de tener la mierda de aparato a la vista. Es una especie de conciencia. Le faltaría memoria y algo de conversación.

-¡Cring! 94.200. Análisis: Vamos a peor maldito gordito de los cojones. Consejo: Comer menos féculas. ¡Cring!

Ayer vimos pasar a una señora chihuahua con un perrito chihuahua unidos por un collar y acompañados de un señor. No sabemos exactamente quién llevaba a quién, o quién fue el primero, o si una es hijo de otro o al revés, o si son hermanas o hijas del caballero. Pensamos que la mujer era fémina –aunque no pondría la mano en el fuego por ella- pero el cánido ratoneríl no lo tenemos demasiado claro. Preguntas sin respuesta.

Yo me compré un sombrero de paja nuevo del chino por tres cuartos de euro y lancé el viejo –tenía tres meses escasos- en el contenedor del Eurosol. Ahora estoy hecho un flamante gentleman pero mi concubina opina que semejo un velador de pié desenchufado. Es una forma de verlo. De momento el otro me bailaba y al menor atisbo de ventolina se largaba a tomar por culo y este se encaja como un guante. Un apretón y clavado. Está soldado.

Y como tenía que estrenar el nuevo complemento aproveché en un momento de interruptus –precisamente estaba cogitando la manera de conectar la báscula sentado en el asiento de loza- decidiendo sacar la maquinilla de podar y repelarme todo el capello que he podido menos el de las piernas. El resto, como diría aquel, cesped de piscina cuidadita de apartamento en la playa. Al uno que me he repasado por todos los sitios, cabeza, tronco y más para abajo. Los cándidos me cuestan un poco porque son sensibles que una vez ya me hice una masacre. Por los bajos donde los varones tenemos un boquete como las chicas –pero no todos igual de explotado- ya el bosque no dejaba ver la entrada de la mina y el Consejo Regulador de Puentes y Caminos ha dicho que lo suyo era cortar. No es tarea fácil, ya lo aviso, pero da gusto ver aquella pradera como campo de fútbol en agosto, cuando está terminado. Y no pica, que eso es leyenda. A lo mejor rasca si alguien se mete por esos lares a fisgar. Pero puedo afirmar con total seguridad que así parece que la tenga más grande. Se lo diré al Rocco Victorino a ver si atiende a razones y se rapa esa mata infame que le oculta esa maravilla exhuberante que la naturaleza ha tenido a bien concederle.

lunes, agosto 07, 2006

El rey ha muerto

Vicente está falling in love como un niño de quince. Ayer tarde vino de visita el heredero Villof, nuestro buen amigo habitante de Villapanda trasquilando asfalto con su beemedobleuve para comunicarnos sus últimas travesías veraniegas. Después de tomar el baño de la tarde batiendo records absolutos de permanencia en el agua salada pasando de las hipotermias, Pixie y Dixie llegamos al portal de casa, abrimos la puerta y subiendo por la escalera escuchábamos el runrún de voces que provenían del quinto. Extrañados porque los vecinos de puerta son rumanos y no sueltan en lengua castellana –era una persona pero daba el punto de ser conversación animada de tres o cuatro- seguimos hacia arriba trepando con inquietud -¿Quién será?-. Al final cerca ya del techo descubrimos sentado, en el último repecho antes de la meta, al ínclito Vicentico, enfrascado en una interesante charla a través del celular.

-¿Qué fas ací Visent? Te fundirás con este calor. ¿Y cómo has entrado? –pregunté con asombro ante la visión de mi amigo platicando acuclillado en la sauna que es el final del hueco de mi escalera. Todo el santo día acumulando aire caliente. Un horno.
-...! –seguía absorto en su tema; me dío la mano sin dejar de hablar.Tiralí, tiralá-.

Lo introducimos en casa y con el aire fresco del pasillo se fue aclimatando y nosotros sufriendo por si le entraba un síncope y se desplomaba como un flan sobre el suelo, afixiado. Pero no, al contrario seguía como una rosa, fresco y con el móvil pegado al cartílago sin parar de tralará, y respondiendo entre frases a dos bandas, multicanal. Una para tí, otra para mí.

-Me ha abierto un vecino.
-Ah!. ¿no tienes calor?
-Llevaba solo cinco minutos.
-Bien. Estos vecinos.

Mientras colgábamos los bañadores y las toallas mojadas, Verito se tomaba una ducha –con jabón. Yo voy camino de las dos semanas. Todavía no huelo a podrido. Aguanto- tomando posesión de la propiedad, descorriendo toldos y todas esas cosas que se suelen hacer cuando uno entra en casa, él seguía charreteando agarrado a la barandilla de la terraza mirando al infinito azul, con la luna asomando ya la cabeza por el sur. Impresionante. Yo lo observaba desconcertado. Media hora. A mi ni puto caso.

Al terminar todo este trajín ya nos sentamos en las tumbonas con unas Heinekens heladas, un plato de aceitunas sevillanas y unas papas fritas. Cerró la conexión. Lo primer es lo primer. Nos atendió la reina de la casa sin cobrarnos el servicio.

-Talibán. Estas hecho un talibán. ¿No le sacas nada a Vicente que es tu amigo?
-Estaba ocupado y no me hacía caso.

Le hizo el gasto a la telefónica y con las papas y la cerveza ya más relajado, nos contó sus historias. Primero su gran viaje de la concentración del FIM en Berlín y sus divertidas anécdotas y peripecias. Segundo –lo realmente importante- que se había enamorado como un colegial. De quién y detalles varios, tipo cómo se llama, si es chico o chica, y demás lo contará él si quiere y cuando quiera que eso pertenece a su rincón privado. A mi me alegró verlo tan contento y excitado, hablando sin parar de su nuevo y adolescente amor.

A la noche, cuando la luna delante de casa plantaba una franja de color aluminio entre las oscuridades azules, con la brisa que se descolgaba del desierto meciendo las yucas mientras devorábamos dos soberbias plazas de toros del Telepizza –la Mediterránea más una de queso de regalo- seguíamos la conversación entre pensamientos acerca de lo divino, lo humano y lo de Vicente.

-¡Ostia Verito! ¿Vintidós val? ¿No es molt car aixó per a una pizza?
-Xavito es que no eixes mai de casa. Som tres y es un sopar. ¿A on et creus que vius, en Afganistán? -Y se largó enojada aun no se porqué-

Me dió el dinero y unas monedas para que atendiera yo al repartidor. Había encargado el pedido por internet. La última vez vinieron una pareja y la chica –así me lo contaron- estuvo en un tris de desmayarse en rellano del quinto piso, extenuada y dando bocanadas como carpa en salobre. Esta vez sería yo el que se enfrentara al enemigo. Había que dar la cara. Así que me levanté –no sin protestar un poco haciéndome el remolón-.

-Que vaya Vicente.
-Xavito. Es tu casa y él es el invitado.

La verdad no fue tan duro como temía. Vino una chiquita agradable vestida de frambuesa, y yo, galante bajé casi dos pisos para que no se cansara tanto. Le di la propina que Verito puso de más en la cuenta y quedé como un señor.

-Aço per a tú xiqueta.
-¡Gracias señor!

No me dió la factura porque decía que tenía que presentarla en la empresa. Digo esto porque yo le intentaba arrebatar el papelito que me mostraba insistentemente, con la sana intención de que viera el precio total. Pero era como si me estuviera tomando el pelo dándome pases de pecho como Jesulín a un novillo. Cuando yo acercaba la mano ella la retiraba y así al menos cuatro veces que ya la iba a tirar por la escalera de una patada en el culo. Como no explicaba de qué iba el asunto pues yo seguía tratando de agarrar el recibito. Era un bucle. Seguro que pensó que le estaba dando las pizzas a un colgado descalzo, sin camisa y con un bañador plátano. Ella lo que no podía saber es que yo nunca repaso las facturas que me dan las cajeras del Mercadona. Las chicas alargan la mano, dicen gracias y yo tiro el papel dentro de alguna de las bolsas de plástico. Y con está pensaba que era lo mismo. Pero estaba equivocado.

Ahora yo que soy un cotilla esperaré a que me cuente más novedades. Igual si lee esto ya no me dice nada en un tiempo pero me arriesgaré, que vale la pena.

Ya esta mañana he hecho varias cosas que tenía pendientes. Enviarle un correo a Elena, la aristócrata de Sagunto y compañera mia de Incomedia, que está pasando este mes en San Francisco rodeada de gays y lesbianas. Ya veremos como vuelve que se marchó delgada como el palillo de un helado, que la talla ese le cuelga como un mantel y aquellos de allí son muy grandotes. La segunda retomar el Ulises de Joyce que segun me enteré fisgoneando por el google, es un autor al que todos admiran y reverencian pero que nadie ha leído. Muy bien, si señor; pues ya voy por la quinientos y pico y con dos diccionarios a la vera. Ahora tengo que admitir que con eso, la mitad del relato escapa a mi mediocre coeficiente, pero peleo y peleo con las frases, a ver quién puede más. Así podre decir con autoridad: Yo si leí a Joyce. Cabrones. Y la tercera, aparte de desayunar mi croassant y mi café con leche, de abrir el melón de la semana pasada –está demasiado maduro y pica de dulce- he arreglado mi cartera. Pesa medio kilo menos. Tiré a la basura cientos de papelitos y mis documentos acreditativos como socio Vip del Club Naútico de Borriana y de la Piscina Municipal de La Vall d’Uixó. Hay que actualizar las cosas y ponerse al día.

El rey ha muerto. ¡Viva el rey!. – es un decir- Y la playa me está llamando. ¿No la oís?