sábado, junio 03, 2006

Las bicicletas son para el verano

Anoche nos acostamos temprano, después de cenar en la terraza de casa, viendo como la candela agotaba su luz cayendo por detrás de la Agujas de Santa Águeda. Un relleno de carne de pollo y jamón con huevo, con vino tinto y zumo de naranja. Armé como colofón un gintónic de Bombay Shapphire, mientras Verito instalaba una línea de seis candiles con aroma de limón y vainilla en el pretil del balcón. El cóctel salió fuerte, que calculé mal los tiempos, pero el ambiente que diseñamos era digno de una rave en el Portixol. Nos quedamos fritos tumbados en las reposaderas y fuimos derechos a la cama dejando las puertas de par en par. Ya de madrugada, el gemido del viento y la lluvia hizo que me levantara a cerrar los ventanales. Abrí un libro y me quedé con el libro abierto, mirando el amanecer hasta que agotado me volví a quedar enrocado sobre el sofá desplegado. Con el día resollando cercanas las once levantamos el vuelo, para regalarnos un nutritivo brunch a base de tostadas de pan de molde sin corteza y panecillos de leche, mermeladas, queso, frutos secos, zumo y café con leche. Así de energéticos retomamos la idea de comprar unas bicicletas para salir a pasear entre las calles ajardinadas de nuestra nueva ciudad. El viernes pasado paramos en Decathlon con la intención expresa de llevarnos un lote, pero el chico que desantendió nuestra plegaria, nos tuvo esperando la resurrección, hasta que decidimos marchar, humillados por su alarmante descortesía. Allí estaba el duque, dando vueltas al cuadro de una mountain bike roja.

-Ahora viene un compañero que les atenderá.
-okei.

Al final nos largamos por la ofensa infligida, tragando sapos, perjurando no volver a pisar el suelo de esta maldita tienda. Pero tras estudiar los precios durante toda la semana pasada y cotejar las posibilidades, retornamos esta radiante mañana con los pantalones a ras de tobillo y el trasero bien cumplimentado dispuestos a recibir el santo oficio sin soltar ni un ay.

-Vamos en mi coche.
-Vale, así descansa el mio que hace más kilómetros, y así compensamos un poco-le contesto.

Será que somos medio transparentes, porque costó lo suyo también que se fijaran. Es que hoy es sábado -decían. -Pues vinimos un viernes y era peor. -Es que como hay comuniones, la gente hace regalos -argumentaban con tranquilidad. -Pues estuvimos una hora esperando. -¿No sería yo?. No tú no eras. Fué otro malandrín.

Elegimos una bici de paseo de color crema para mi, con una mochila en el manillar y con los faros a pilas. Verito escogió una burdeos parecida pero el doble de cara y una talla acorde a su estatura, con un portaequipajes con cesta, bolsa delantera y dinamo en vez de pilas. Aparte llevamos una bomba para hinchar las ruedas, un juego de llaves allen y unos candados para dificultar su extravío. Pasamos por caja y montamos por primera vez desde la entrada de la nave, hasta el auto de Verito, un cedós rojo. Abrimos el portón trasero y embocamos la máquina.

-Por aquí no entra Verito.
-Si. Te rindes antes de presentar batalla Xavito-me espetó con autoridad de quién se sabe el jefe.
-Pues te estoy rayando la carrocería con la horquilla. Tu verás.

Solamente conseguimos malmeter los cuernos del monstruo, que la faena fué desatascar aquel enredo y tornar al principio. Con la lumbre del mediodía cascando el asfalto del aparcamiento buscamos una solución. Una era preguntar a ver si nos llevaban a casa las bicicletas. No. Esa no. Otra era que yo fuera a casa y traer mi coche que es más grande, para intentar clavar la compra. Pero nos entró un chorrito de conocimiento y rechazamos esa vía. Por último nos vino a la memoria las palabras del risueño dependiente mallorquín.

-Ah. ¿Sois de Benicassim? Podrías ir paseando. Solo es una horita de trayecto.
-Huy no. Estas loco de remate. Hace años que no movemos ni los ojos. Hay demasiado trayecto para dos novatos el primer día. Igual más adelante.

Pues nos ha dicho el compañero del chico que sin casco la policía de tráfico nos puede multar. Que ahora que somos ciclistas debemos saber que tenemos derechos y obligaciones. Pues un casco ni pensarlo, que me vendí la Honda porque me hacía falta el dinero y tenía que llevar birrete. Y con el dineral que llevamos gastado. Al riesgo.

Nos miramos a los ojos y lo tuvimos claro. Subimos a las monturas, yo con chancletas Speedo de la piscina y ella con unas zapatillas de goma Tribord para los cantos de la playa y a rodar. Salimos de la Ciudad del Transporte y bajamos a la ciudad. Atravesamos Castellón callejeando entre autos nerviosos, que hacían sonar la bocina en los cruces. Llegamos por el Lledó y enfilamos el Cami La Plana con dirección al Grau entre naranjos, nísperos, tomateras y limoneros. Verito vigilaba mi trayecto entre Cuidados y Xavitos, mientras jugaba a cambiar las marchas en los platos. EL cinco, el uno, el siete.

- Este no vá. Será mejor el cuatro.
- Los cortos son para las subidas y los largos para llano.
- Pues con este voy requetebien.
- Bueno.

Llegamos al Ortega y vimos la playa. Entramos en la bici-senda, marcada con el verde, y a una marcha suave atacamos la linea de costa, con la arena caliente, los bañistas y la espuma de las olas en el paisaje. Cruzamos el rio y entramos por la curva en la ciudad. Casi sin darnos cuenta dejamos el Eurosol atrás y arribamos ante la puerta de nuestro edificio, veinte kilómetros después. Iban a ser las cuatro de la tarde. Con el gesto de la victoria, entramos a colgar las bicis nuevas en unos ganchos de hierro oxidado, debajo de un cobertizo de chapa metálica lleno de mugre y telarañas, con cinco bicicletas sucias y abandonadas colgando, como jamones olvidados. Allí dejamos ahorcados nuestros jueguetes, con el temor de que algún avispado se las lleve sin hacer ruido. Les pasamos unos candados endebles y salimos de allí. Era como dejar un hijo abandonado en la calle, porque pesa mucho para subirlo cinco pisos a cuestas. Ahora a confiar en la divina providencia, porque lo cierto es que resaltan como si tuvieran bombillas en una feria.

Subimos al coche y otra vez a recoger el citröen. Regresamos y eran las cinco y media. Agarramos una toallas y a darnos un baño refrecante. Al terminar, ya entrada la tarde, y con una luz espléndida, impovisamos en la terraza una comida-merienda-cena inenarrable, acompañada por un rosado Lambrusco de la regio Emilia. Los vecinos pensarán que somos ingleses por cenar a estas horas. Eso los que no conozcan nuestra procedencia. Corría una brisa intensa, que incluso bajo el radiante picaba el fresco. Nos metimos en el sofá a siestear y hasta ahora, que nos darán las once y la cosa no ha hecho más que empezar. Si esto no es vivir, que venga alguién y me cuente su historia, que le escucharé recostado en mi tumbona, con una cerveza en la mano, una bolsa de papas y con unas aceitunas rellenas mirando el azul marino. Señor, señor.

6 comentarios:

Marcial dijo...

tambien podeis quitar las ruedas y caben perfectamente en el coche.compraros un reparapinchazos ,vulcaniza e hincha y cabe en un bolsillo (para bicis)
Espero que las disfruteis, seguire leyendo esto;El culotte¡¡¡¡

Karinita dijo...

TODO MUY LINDO VERITO,,,PERO NO NOS OLVIDEMOS DE CARMIN Y DE ROSA,,,,NUESTRAS BICIS ARGENTINAS,(Q EN PAZ DESCANSEN)!!!!...

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