lunes, junio 12, 2006

Mi niña Lola

Lola vino al mundo el año que Maragall, alcalde de Barcelona, repartía preservativos gratis entre los jóvenes deportistas de su Villa Olímpica.

La ví por primera vez en casa de mi madre, un domingo soleado a la hora de comer la paella. Entró con la curiosa excitación de lo desconocido, recorriendo los pasillos y husmeando cada rincón, intentando retener los olores que aún no le pertenecían. Era un todavía un bebé juguetón y ya quería reclamar los derechos de un adulto.

Rober y Ana educaron a Lola desde que la recibieron en casa, a los pocos días de nacer. Le enseñaron a ladrar si un extraño aparecía en casa; a dormir en una cesta de mimbre recubierta con una manta de cuadrillé azul; aprendió que debía hacer sus necesidades sobre la tierra de un descampado próximo; a caminar por las aceras sin pisar el asfalto; a comer con la prudencia de una señorita refinada. A esa niña arisca de orejas largas y bamboleantes la prepararon para que pudiera vivir en un apartamento, entre personas, sin molestar demasiado. Y ella se fué adaptando paulatinamente al ritmo marcaban sus padres adoptivos. A las costumbres del país. También a los restos de comida de los bares cercanos. Nunca dejó de ser una chica independiente que, disfrutando de salidas festivas con la excusa de evacuar excedentes, sabía divertirse hasta altas horas, tornando a casa empachada y con la resignación de quién se sabe culpable, esperando una severa reprimenda.

Lola desde siempre ha estado con la família, ha sido un miembro más, integrado en el núcleo. Porque si mi hermana es su madre, yo debo de ser su tío. O algo más. Nuestra relación siempre ha sido especialmente entrañable. Ella cuando me oía llegar, se acercaba moviendo la cola con frenesí y tumbándose panza arriba, abría las patitas impúdica para que le rascara entre las ingles. Eso era sexo. Nunca tenía suficiente. Era una ninfómana recalcitrante. Si era ella la que llegaba a casa, me buscaba y entre apremiantes palabras ladradas en su expresivo idioma, exigía su ración de placer.

De más joven disfrutaba en la playa de Nules atrapando cualquier cosa. Te decía que eso que tú tenías en la mano era suyo. Era de su propiedad. Se quedaba mirando con fijación hasta que soltabas su tesoro. Entonces corría como una loca divertida saltando como un bambi con las cuatro patas al unísono, al llegar cerca de su objetivo. Observabas a esa bolita peluda de color caramelo atravesando la arena entre los muros persiguiendo un canto rodado. Aún puedo escuchar el sonido de sus pisadas escarbando las piedras, arrancando hacia un señuelo perdido entre un mar de conchas idénticas. Otras veces se colocaba delante y te rogaba con insistencia que jugaras con ella. Entonces le tiraba las pequeñas piezas de grava por encima de su cabeza y ella brincaba con un resorte extraordinario en un plongeon de campeona, estirando su cuerpecito con las patas delanteras encogidas. Para que no se estropeara la dentadura, procuraba sacarlas fuera de su alcance, porque lo que más le encantaba era morder con fruición su recompensa, ya fuera una roca o un corcho. No paraba en esos detalles. Creía ser un león salvaje en la sabana. Mi cuñado siempre decía que ella estaba entrenada para matar a la pobre caña que identificaba como presa. Se colocaba en una pose igual a la esfinge de Gizeh y colocaba su botín encajado entre sus patas, con los dientes devorando su juguete y con los ojos marrones vigilando para controlar que no le arrebataran su víctima.

A Lola le chiflaba nadar. Gozaba cuando catapultabas un palo sobre la orilla del mar; salía disparada sin preocuparse del estado de las olas ni del ímpetu de las corrientes. No le importaba. Se sentía segura y nadaba como un delfín. Muchas veces, porque quizás estaban altas las crestas, perdía de vista la varita, y si pasado un cierto tiempo no alcanzaba el reclamo, regresaba entre angustiosos revolcones a pisar tierra firme. Rober es pescador de curricán con piragua y se hacía al agua con el grumete encaramado en la proa, haciendo de vigía; rastreaba con ojo avizor y al avistar cualquier desperdicio, saltaba de cabeza para recogerlo. Para él era más que una perra un pelícano con buche. Reíamos con ella. Salía mojada con los pelos pegados y con un aspecto lamentable y derrotado porque sabía que antes de retirarse tenía que pasar por el aclarado en agua dulce. Entraba con las orejas gachas dentro de un balde de plástico que conocía perfectamente; esperaba con paciencia que le limpiaran por partes; el culito, la panza, el lomo, las patas y por último la cara y el hocico. Luego extendías su toalla en un sitio seco y límpio de arena. Venía y representaba un baile que era el que realizan las abejas cuando vuelven a su colmena para describir el destino de un campo de flores perfumadas. Todo dentro de los límites del toallón y agitando su cuerpo para expulsar las gotas. Al finalizar este ritual se recostaba para lamerse y terminar el aseo.

Era un glotona y por eso Rober la alimentaba con bolitas para perro, que tenían una apariencia horrible, como macnuggets marrones y duros. Pienso que nunca se acostumbró a este menú diario de bar para obreros y siempre prefirió un buen plato de queso curado. Recuerdo cuando comíamos en la playa y al retirar la mesa con las sobras de paella encima, Lola acompañaba el santo hasta la cocina moviendo la cola con alegría. Después se quedaba esperando sentada debajo de la tabla hasta que mi madre le daba la trabajada recompensa.

Le gustaba sentarse para ver la tele en los sillones, acurrucada y apacible. Por la noche vagaba de cama en cama como un alma en pena dentro de su castillo. Escuchabas los pasitos y el tintín de su collar con los datos grabados en la chapa, igual que un marine americano. Trepaba hasta la cama de un bote y sigilosamente se acostaba a tu lado. Soltaba un suspiro largo y profundo para dormirse traquila con la respiración pausada, como una manta térmica entrañable en las noches frescas de septiembre.

Otro de sus placeres preferidos era restregarse sobre alguna caca humeante, recién facturada y fétida. O sumergirse despatarrada encima de algún pescado pútrido que encontraba varado en sus excursiones nocturnas. Ana sospechaba que también era plato de su gusto el navegar en los basureros del Marea, el restaurante que tienen a una manzana, y que dejaba los desperdicios diarios de marisco al alcance de su inagotable y tenaz acoso. Esos días desprendía un tufo insoportable, pero para su olfato de cocker debía de ser Channel número Cinco a la cáscara de gamba.

Lola estuvo preñada dos veces. La primera fue un embarazo sicológico y su hijo era una pelota desgastada de tenis, de un amarillo limón desvaído. La llevaba consigo a todos lados, protegiéndola con agresiva saña de madre. La estoy viendo debajo del sillón con la bola debajo de su morro y mirando amenazadora al mundo. La segunda tuvo tres hijos auténticos de color negro. Eran aristocráticos y de buena família como ella y el padre inseminador, pero a estos no les trató tan bien como al tenista. Al poco tiempo los expulsó de allí, valorando más su instinto de competencia que su apego maternal. Digamos que no fué la madre perfecta. Estos cachorritos preciosos eran sus calcos, pero de color distinto y fueron repartidos entre algunas familias de amigos.

Se olvidó pronto de ellos y siguió su vida durante estos últimos catorce años, entre mimos y reprimendas, acotado siempre por el cariño de sus padres. A mitad de este periodo apareció Lía, su otra hija y mi otra sobrina, que compartía entre mi madre, la Paqui y Lola un amor triangular. Lía se crió con su hermana mayor, hasta que con los años la fue superando en talla y volumen.

Siempre ha estado cuidada y protegida. Cuando enfermaba acudían al veterinario después que Rober le proporcionara una primera cura preventiva, vigilada como la niña delicada y traviesa que era. Pero en este tiempo se hizo mayor y le fueron apareciendo los achaques de la edad. Le salieron unos bultitos de grasa en el pecho y una fea llaga en el hocico, que le supuraba. Ya no saltaba como antes, y sus movimientos eran más lentos y desordenados. Con la mirada pedía jugar, pero no podías con el corazón apenado más que acariciar su panza envejecida. Volvía a darse la vuelta y ofrecerme su vientre, pero yo no la rozaba con el vigor de antaño, sino que le pasaba la mano con ternura hasta que movía su patita con agrado.

El pasado lunes cuando llegaron a casa y ella salió a festejar para recibirles como siempre, vieron con preocupación que sus movimientos era los de una marioneta con los hilos cortados. La llevaron a su cesta y le dieron de beber. El martes no podía mover las patitas de atras y se pasó la tarde y la noche llorando. Mi tia Dolores le recetó un poco de poleo porque igual podría ser una mala digestión. Ese día dejó el cazo de agua entero; no coordinaba la lengua para tragar. El miércoles mi hermana le dijo a Rober que no podía soportar verla sufriendo ni un minuto más. Había pasado una vida entera feliz entre ellos y tenían el acuerdo de no dejarla agonizar cuando llegara el final, alargando innecesariamente su existencia en el dolor. Era el final, la despedida. El jueves Rober se armó de valor y la llevó al veterinario de la Vall para dormirla.

Lola ahora descansa entre naranjos, en la partida de Jesús el Nazareno, en el mismo lugar en que a mi abuelo Juan, el padre de mi padre, se le rompió el corazón; en un parterre árido y pedregoso, entre bancales y cubierta por glebas de arcilla y caliza, al pié de las estribaciones de la sierra de Espadán, con el Mediterráneo nebuloso al fondo.

Te voy a estrañar mucho. No dejo de pensar en el miedo que tenías de quedarse sola en casa, que te dejaran abandonada y huérfana; de la pena que desprendía tu mirada triste cuando al cerrar la puerta de la casa del Poble Nou esperabas detrás expectante, sin saber en tu mente sencilla, si era una despedida definitiva. Adiós mi Lolita. Sé que escribir esto no es consuelo, ni mitiga la pena. Sé que el olvido es la herramienta. Pero qué sé yo...

2 comentarios:

Geles dijo...

Hola Xavito, estoy escribiendo esto llorando a la vez, que triste, yo también lo pasé muy mal cuando perdí a mi Bora, ahora mi perro Lolo la sustituye, me encantan los animales.
Ha sido un gesto muy bonito por tu parte dedicarle este espacio a Lola.
Segura que estará flipando.

Un beso
Posdata: Cada dia escribes mejor.

ChocoLatina Blog dijo...

Hola Gelatina,
gracias por leer el post de Lola. Anoche me la pasé llorando mientras escribía, pero mi hermana y Rober estan peor. A ellos les gusta y van a por otro a pesar de todo.
Yo no podría tener un perrito, sabiendo que por ley de naturaleza no le iba a sobrevivir. Por eso las madres, si todo va dentro de la normalidad, no ven morir a los hijos. Cuando esto ocurre el mundo es un desastre.

vezitozz
Xavi